miércoles, 7 de diciembre de 2016

'La tierra que pisamos', lo extraño


A veces tiene que llegar lo extraño, lo de fuera, para mostrarnos cómo somos. No cómo hemos fingido ser o cómo creemos que somos. No, para descubrirnos a nosotros mismos cómo somos. Qué somos. Cuáles son nuestros valores. Con qué y con quién están nuestras lealtades. Para cuestionar aquello que hemos asimilado sin preguntas y que nos ha moldeado. Y eso es precisamente lo que cuenta Jesús Carrasco en ‘La tierra que pisamos’, una novela más lenta, más reflexiva, que ‘Intemperie’. Una historia que no te golpea con las palabras, sino con lo que éstas van dejando dentro de tu cabeza, como semillas que, depende de ti, brotarán o no. ‘La tierra que pisamos’ pasa en una España ficticia que imaginamos a principios del siglo XX, una España ocupada por militares venidos de países del norte y en la que los lugareños son prácticamente parias, poco más que esclavos a su servicio. Ambientada en un pueblo extremeño, ‘La tierra que pisamos’ mantiene esa sequedad, esa aridez, esa falta de oxígeno que también (y tan bien) marcan ‘Intemperie’. Lo mismo que las palabras, exactas. Y las frases. Cortas. Y los párrafos. Medidos. Y los capítulos. Adelante y atrás. Creo que es eso lo que hace que página a página no podamos desprendernos de la sensación de que ambas novelas están ligadas. Esa frialdad angosta está presente desde el primer momento, desde que Eva Holman, mujer de uno de esos militares extranjeros, inválido y retirado, descubre a un intruso en el huerto de su casa. Es un hombre. Callado. Que duerme entre las hortalizas, pegado a la tierra. Que lleva un abrigo de buena calidad. Al que el perro sigue amistosamente durante todo el día. Un hombre que se esconde. Que Eva esconde. Y al que da de comer. Y al que limpia la ropa. Y al que protege. Sin saber por qué. Que la separa de los que consideraba los suyos. Un extraño que, sin una palabra, sin apenas una mirada, sin un contacto físico, cambia su manera de ver y entender su propio mundo, su lugar en él, sus relaciones. El hombre no cruza jamás el umbral de la finca, pero se cuela hasta el tuétano en la vida de Eva, quien, a sus años, se resiste a su propio cambio, a algo que no puede evitar. El extraño, con un pasado que Eva va descubriendo, duerme, durante semanas, entre las hortalizas, con la cara y el cuerpo pegados a esa tierra que es la suya, no de quienes la ocupan. Que reclama en silencio. Que guarda lo poco que aún queda de él mismo. De su pasado. De su memoria. De su vida. Esa tierra sobre la que, como Eva, nunca nos hemos preguntado nada.


“Hoy me ha despertado un ruido en mitad de la noche. No un ronquido de Iosif, que, raro en él, a esa hora dormía a mi lado en silencio, medio hundido en la lana del colchón. He permanecido tumbada, con la mirada detenida en las vigas de haya que sustentan el techo, apretando fuertemente las sábanas en busca de una firmeza que el lino, tan sutil, me ha negado.”


Título: ‘La tierra que pisamos’ 
Autor: Jesús Carrasco 
Editorial: Seix Barral 
Páginas: 272
Precio: 18€ 
Procedencia: préstamo Marian

viernes, 2 de diciembre de 2016

'Flores para la señora Harris', la deliciosa historia de la señora de la limpieza y un vestido de Dior


‘Flores para la señora Harris’, de Paul Gallico, es una absoluta delicia. Un cuento que te mantiene en vilo, que te hace sonreír y que, aunque creas que sabes cómo va acabar. No es así. Porque no lo sabes. Porque no acaba de la manera que crees. Y eso es, precisamente, lo que lo hace aún más especial. Más tierno. Más conmovedor. ‘Flores para la señora Harris’ es un cuento ideal para estas fechas. No ocurre en Navidad, no hay ni atisbo de ella, pero tiene algo que te calienta por dentro como lo hace la Navidad cuando eres completamente feliz. O como el caldo de pollo cuando no lo eres del todo. La señora Harris, Ada, es una señora de la limpieza británica, muy británica. Le gustan las flores, cuida a sus clientes como si fueran sus sobrinos y los abandona dejándoles la llave en el buzón cuando hacen algo que ella considera intolerable. La señora Harris es viuda, pero alegre y pizpireta. Educada y con un punto de descaro con el que consigue meterse a todo el mundo en el bolsillo. Sus únicas aficiones son el té y la quiniela que, cada semana, rellena con su mejor amiga, la señora Butterfield. Su vida transcurre en una agradable y aburrida rutina hasta que un día, en casa de una de sus clientas se enamora. De dos vestidos de Dior. Están colgados fuera del armario porque su dueña no sabe cuál ponerse para un gran evento y la señora Harris se queda completamente embelesada. No puede olvidarlos. Los colores, el tacto, las texturas… Y en ese mismo momento decide que ella, sí ella, una señora de la limpieza británica que cobra tres chelines la hora, tendrá un vestido de la maison francesa. Y ahí es donde comienza de verdad el cuento. En el momento en el que la señora Harris, con una voluntad férrea, decide ahorrar en flores, en té, en el cine y en ales del pub para reunir las cerca de 500 libras que cuesta a mediados de siglo XX un vestido de fiesta de Dior más el dinero necesario para el viaje a París. La novela, un cuento largo, en realidad, está escrita con la misma gracia y delicadeza con la que están trazados los personajes. Todos. Encantadores. Sin artificios. Ni en la forma ni el fondo. Algo que me hizo intuir (porque los huelo) que Gallico, del que no sabía nada, podía ser periodista. Personajes y ambientes reales, que casi tocas y vives, convertidos en personajes y ambientes de esos cuentos que calientan el alma.


“La mujer menuda y delgada de mejillas sonrosadas, cabello canoso y ojos sagaces, casi traviesos, tenía la cara apoyada en una ventanilla del avión Viscount de British European Airways, en el vuelo matutino de Londres a París. Mientras el aparato, con un rugido repentino, despegaba de la pista, a ella también se le levantó el ánimo. Se notaba nerviosa, pero en absoluto asustada, porque estaba convencida de que ya no le podía pasar nada. Sentía la felicidad de quien sabe que al fin se ha embarcado en una aventura al final de la cual le aguarda lo que más desea”.


Título: ‘Flores para la señora Harris’ 
Autor: Paul Gallico 
Traductor: Ismael Attrache 
Editorial: Alba 
Colección: Rara Avis 
Páginas: 168 
Precio: 16€ 
Procedencia: biblioteca trabajo

lunes, 28 de noviembre de 2016

Si duele, cura


@Martatorresmol

Si duele, cura. El dolor es necesario. Vital. Si duele es que sigues ahí, luchando. El dolor, como el miedo, mejor cerca. Latentes. Pero ahí. El miedo te mantiene alerta. El miedo indica que tu instinto de supervivencia está sano. Pocas cosas me darían más miedo que no tener miedo. Y que no sentir dolor. Si te duele el cuerpo, es que sigues viva. Si te duele el alma es que, por suerte, no eres un robot. La sociedad en la que vivimos no tolera el dolor. Ni el propio. Ni el de los demás. He perdido la cuenta de las benzodiacepinas y barbitúricos que me han ofrecido en las dos últimas semanas. Y de las caras de sorpresa al rechazarlo todo. Al justificar que el dolor hay que pasarlo, que anestesiarlo no sirve de nada porque entonces se queda, se hace bola y te sorprende luego, el día menos pensado, explotando. Revenido e iracundo. Incontrolado. El dolor pasa. Se agarra a ti al principio. No sabe cómo sujetarse. No se está quieto. Se revuelve. Te aprieta con sus manos heladas para no caerse y te deja sin respiración. Busca calor. Encuentra su sitio. Se acomoda. Se queda quieto. Procura no molestar más de la cuenta. Y te acostumbras. Sabes que ocupa ese hueco que se te ha quedado vacío. Intentas echarlo, pero entonces entiendes que el dolor está ahí por ti. Porque si no llenara ese espacio huérfano, si no lo calentara con tus lágrimas y tu rabia, se pudriría. Y te pudrirías. Así que lo dejas tranquilo. Haces todo lo imposible para que duerma todo lo que pueda. Incluso le cantas nanas para que te deje descansar. Y respirar. Y el dolor, arropado y comprendido, casi querido, se diluye. Cálido. En ese hueco que, lleno de dolor, parece menos lleno de ausencia. Si duele, cura.

viernes, 25 de noviembre de 2016

La muñeca


@Martatorresmol

La pequeña no lloraba. Ya ni siquiera lloraba. Ni pataleaba. Ni gruñía. Ni se enfadaba. Ya no. Igual que ella. Ella tampoco lloraba ya. Ni se entristecía. Ni se compadecía. Ni pretendía entender. Ni buscaba un resquicio por el que escapar. Ni se curaba ni le dolía ni se preocupaba ni soñaba... Ni se permitía esperar un cambio. Sólo esperaba en tensión. Como una presa a la que ronda el lobo. El siguiente insulto. El próximo golpe. Una prohibición más. Esa mirada que la paralizaba. Que conseguía congelarla. Que no saliera con las amigas. Que no riera. Que no hablara con nadie que a él no le gustara. Que volviera directa a casa al salir del trabajo. Esa mirada. Ahí. Siempre. Todas las noches al llegar a casa. Todas las mañanas antes de separarse en el portal, justo antes de besarla. Que vieran todos lo mucho que la quería.

También besaba a la pequeña. Y le revolvía el pelo. Antes se le encaraba. No le gustaba que la despeinara. Protestaba. Le miraba fijamente. Se enfadaba. Le gritaba. Hasta que él cogió su muñeca favorita, la que la niña peinaba amorosamente durante horas, le cortó el pelo con las tijeras de la cocina y la encerró en una preciosa jaula de barrotes blancos y dorados que colgó de la ventana de su habitación. La niña dejó de encararse. Todas las mañanas la veía dirigirse al autobús escolar con paso cansado y el pelo revuelto. Todas las noches la veía mirar con tristeza la muñeca en la jaula. Llena de trasquilones. Despeinada. Todas las mañanas. Todas las noches. 

Una tarde de invierno él encontró la casa a oscuras. En silencio. La recorrió, habitación por habitación. Encendió todas las luces. Encendió su ira. Las esperó. A la niña. A su mujer. Con las tijeras en la mano. No sería el pelo esta vez. Tampoco sería la muñeca. Cegado, no vio la jaula. Los barrotes blancos y dorados estaban doblados. Retorcidos. Estaba vacía. 

A cientos de kilómetros de distancia, la niña peinaba amorosamente el pelo corto de su muñeca. Ella la miraba. Y sonreía. Fuera de su jaula.

viernes, 18 de noviembre de 2016

'La gente feliz lee y toma café', adelante y al norte


Un duelo. Eso es ‘La gente feliz lee y toma café’, una novelita de Agnès Martin-Lugand que se lee de una sentada, sólo parando para intentar aventurar cómo reaccionarías tú ante una desgracia como la suya. Lo empecé con un café con leche frente al mar, esperando una de las primeras barcas de la mañana a Formentera. Veinte minutos de relax antes de una agotadora jornada de trabajo en los que no pude evitar las lágrimas al leer, en las primeras páginas, cómo Diane pierde a su marido y a su hija en un accidente. Cómo se despide del amor de su vida en la cama de hospital. Y cómo se enfrenta a su familia, negándose a ir al funeral, a cambiarse de ropa, a salir, a seguir con su vida, a mantener su negocio… (Sí, suena a melodrama y a película mala de fin de semana por la tarde, lo reconozco) Un año después, y a pesar de los esfuerzos de su socio y mejor amigo Félix, su actitud sigue siendo la misma. Hasta que estalla. Hasta que no puede más con los reproches, con las críticas, con la condescencia… (Qué malo es cuando todo el mundo sabe mejor que tú qué tienes que hacer para superar un duelo) Y decide huir. Al norte. A Irlanda. Al frío. A todo aquello que ella detesta pero su marido adoraba. Y ahí, en un pueblo diminuto escogido al azar en el que es la rara, la extranjera, la novedad, la que esconde un gran secreto, comienza de verdad su duelo. Y ahí el libro se convierte en una especie de comedia romántica en la que sabemos, más o menos, porque llevamos muchas comedias románticas a nuestras espaldas, qué va a pasar, quién hará qué, qué obstáculos habrá… Y ahí es donde, paradójicamente, aunque el libro empeora, se vulgariza y se convierte en uno más, no puedes dejar de leer porque quieres confirmar aquello que crees que sucederá y porque quieres que a Diane le sea fácil empezar de nuevo porque es lo que querrías para ti misma aunque estés casi segura de que, en su situación, tú no irías al norte. Tú irías al sur, siempre al sur.


“Se marcharon armando jaleo por las escaleras. Después supe que seguían haciendo el bobo en el coche, justo antes de que el camión les embistiera. Me dije a mí misma que habían muerto riendo. Me dije que hubiese querido estar con ellos. Y un año depués me seguía repitiendo todos los días que hubiera preferido morir a su lado. Pero mi corazón latía con obstinación. Me mantenía con vida. Para mi gran desgracia.”



Título: ‘La gente feliz lee y toma café’
Autora: Agnès Martin-Lugand
Editorial: Alfaguara
Páginas: 200 
Precio: 17€ 
Procedencia: préstamo Marian


lunes, 14 de noviembre de 2016

'Viaje al turismo basura', de Lloret a Magaluf


Los que vivimos en lugares turísticos y amamos nuestra tierra conocemos bien el turismo, lo que significa para la economía, que seguramente no podríamos prescindir de él... Pero también conocemos su lado oscuro, ése que las administraciones (desde los ayuntamientos al Gobierno central) pretenden no ver para no quedarse sin su parte del pastel. Empezamos a ver a dónde puede llevarnos y no sólo no nos gusta nada, sino que lo tememos. Eso es precisamente lo que cuenta, de una forma exquisita en la que datos, declaraciones e historias personales se entremezclan, mi compañero Joan Lluís Ferrer (seguramente, una de las personas que más saben de turismo y sus consecuencias en Baleares) en ‘Viaje al turismo basura’. Escoger la palabra “viaje” para el título no es un capricho. Este libro, que se lee de un tirón, es un viaje por cuatro zonas turísticas de España: Lloret de Mar, Barcelona, Sant Antoni de Portmany en Ibiza y Magaluf en Mallorca. Joan Lluís analiza en cuatro reportajes la situación en la que se encuentran en este momento estas cuatro localidades en relación al turismo y cómo éste afecta al tejido social, al día a día, al medio ambiente… Además, están ordenados por intensidad, es decir, que Barcelona es el futuro de Lloret si no cambian algunas cosas y Sant Antoni el de Barcelona si no se toman decisiones. Cuatro localidades, cuatro niveles: Lloret de Mar, nivel 1, ‘el desmadre en su rincón’; Barcelona, nivel 2, ‘el caos entra en casa’; Sant Antoni de Portmany, nivel 3, ‘de pueblo a show’, y Magaluf, nivel 4, ‘la patria de los zombis’. Las descripciones de los lugares son tan gráficas que casi parece que estás en ellos y los problemas y situaciones que cuentan vecinos y profesionales son tan espeluznantes que es imposible quedarse impasible a las consecuencias del turismo sin control. Un libro para devorar. Y para pensar.


“Una veintena de jóvenes muere todos los años en las cinco o seis principales zonas de turismo de borrachera de España. Unos fallecen por ingestión de drogas, otros al caer accidentalmente por el balcón cuando están totalmente embriagados, algunos por accidente de coche en las mismas circunstancias y varios ahogados, también a causa del alcohol y las drogas. Son los muertos de la fiesta.”



Título: ‘Viaje al turismo basura’
Autor: Joan Lluís Ferrer
Editorial: Editorial UOC
Páginas: 212
Precio: 17€
Procedencia: comprado


sábado, 12 de noviembre de 2016

'Greixonera', mi magdalena de Proust



Hay olores que calman. Que sanan, incluso. Olores que te gustaría que impregnaran siempre la casa. Que te hacen sentir bien. Uno de esos olores es el de la 'greixonera'. Es mi magdalena de Proust. El primer postre que aprendí a preparar. El que me sabe siempre a casa y a infancia. Es un postre sencillo, de pobres. Un pudin que se inventaron en algún momento de la historia las abuelas de mi isla para aprovechar las pastas duras en tiempos en los que no se tiraba nada. Aprendí a hacerlo de niña, viendo a mi madre (una excelente cocinera) prepararlo. Con los años he adaptado un pelín la receta. Para hacerla más mía. Pequeños cambios para darle más sabor (soy una mujer de gustos intensos).

Ingredientes
–Un litro de leche
–400 gramos de azúcar (más unas cucharadas para el caramelo)
–Una rama de canela
–Las pieles de un limón y una naranja
–Un chupito de licor de hierbas
–Siete ensaimadas (de las de verdad, sin crema ni almíbar ni nada, sólo con azúcar)
–Cuatro huevos enteros más cuatro yemas
–Canela en polvo

Elaboración
–Lo primero es hacer el caramelo. Lo podéis hacer directamente en la bandeja en la que vayáis a hornear la 'greixonera' siempre que sea de metal. Poned unas tres o cuatro cucharadas grandes de azúcar y un pelín de agua y al fuego. Suave. Cuando el agua reduzca se irá haciendo el caramelo. En el momento en que pase del color dorado, vigiladlo bien y apartadlo del fuego cuando se empiece a oscurecer un poco más.
–Dejad el caramelo fuera (y lejos) del fuego. Encended el horno para que esté bien caliente.
–El siguiente paso es hacer una especie de leche merengada. En una olla verted la leche y añadidle el azúcar, la rama de canela y las pieles de limón y naranja. Coced hasta que hierba y la leche empiece a subir. Apagad el fuego, echadle el chupito de hierbas y dejad que se enfríe un poco antes de retirar la canela y las pieles.
–Destrozad las ensaimadas con las manos. No hace falta que os rompáis mucho la cabeza, no tienen que ser trozos especialmente pequeños ni iguales. Para nada. De hecho, ahí está la gracia de este postre. Mezcladlas bien con la leche y añadidle uno a uno los huevos y las yemas. Con esto, igual que con los trozos de las ensaimadas, no hay que batirlos perfectamente como si fueran para una tortilla, simplemente mezclarlo todo dándole unas vueltas.
–Volcad todo en la bandeja, sobre el caramelo. Espolvoread un poco de canela y al horno. Mejor que ahora bajéis la temperatura a 180 grados. Hay que dejarla como 45 minutos, pero lo mejor es ir pinchándola con un palito y cuando salga seco estará cocida. Si veis que se oscurece demasiado, cubridla con papel de aluminio.

Nota de la cocinera: A mí me gusta tal cual, pero a los defensores de la nouvelle cuisine pagesa les gusta servirla con un poco de helado. Puesta a subirme al carro, las mejores opciones son el de canela o el de leche merengada. Copiando a Fernando, con quien, sentado a mi siniestra, paso muchas horas del día (y que tiene una fabulosa bitácora de gastronomía: 'Comidiario, blog de cocina punk') acompaño la receta con algo de música. Autóctona, en este caso: 'L'hort', de Projecte Mut, que puso música a este maravilloso poema del ibicenco Marià Villangómez. (Por cierto, el despacho en el que aparece al principio Adrià Collado es la dirección del diario en el que trabajo).



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