viernes, 10 de noviembre de 2017

A la primera librería de mi vida


@martatorresmol


Querida librería,
no tenía más de cinco años cuando te descubrí. Estabas en la esquina de aquella casa con vistas al puerto, aquella en la que sólo tenía que abrir la ventana para que el rumor alegre de los aparejos de los barcos llenara la habitación. Entre tus pequeñas estanterías de cuentos y libros, perdidas en un maremágnum de golosinas, disfraces, maquillaje de carnaval, piñatas, serpentinas, boas de plumas, chocolates y revistas escogí mis primeros cuentos. Aquellas historias maravillosas que aún conservo. Aquel cuento mágico de Caperucita que brillaba en la noche, aquella aventura de Ulises de perfiles recortados... Lectora precoz, aún recuerdo la emoción de los sábados por la mañana. Teníamos una cita, habíamos sellado un compromiso serio. Todos los sábados cruzaba la calle, aquella calle tranquila por la que los niños nos movíamos con la misma seguridad y libertad que por el pasillo de casa y en la que la tendera y el pintor nos echaban un ojo de padres prestados, y entraba corriendo, con mis 195 pesetas en la mano para recoger mi cuento. Cenicienta, Mowgli, Bambi, Simbad, Blancanieves... Cada sábado uno. Uno más de una colección de Disney, 54 relatos que leí y releí, que gasté hasta tener que pegar los lomos con celo, varias veces, incapaces de soportar tanto amor. Ahora, tres décadas después, las capas de celo con las que os protegí se agrietan y procuro no tocaros mucho. Cosas de la isla, algunos sábados me llevé una decepción. Los barcos venían demasiado llenos de productos de primera necesidad (alimentos, medicamentos, bebidas...) y los libros se quedaban en puerto, a la espera de algún hueco en otro barco. Llegaban todos juntos, tres, cuatro, hasta cinco. "Ya tienes lectura para un tiempo", me decía la librera, dándome una bolsa con la que apenas podía cargar, pero que me empeñaba en arrastrar con mis manos hasta casa. Mi madre respondía a la librera con cara de resignación. Sabía que aquellos tres, cuatro o hasta cinco libros me durarían un suspiro. No más de una mañana, tras lo que los releería hasta sabérmelos de memoria, a la espera del próximo sábado. De las próximas 195 pesetas. De la próxima carrera hasta la librería de la vuelta de la esquina. Más de una vez me senté allí mismo, apoyada en la pared, medio escondida entre los disfraces colgados, mientras mi madre pagaba y charlaba, a empezar a leer. Y entonces la librera lo entendía. Entendía que no leía como una niña de cinco años que acaba de empezar a leer. Porque hacía ya unos años que, sin que nadie supiera muy bien cómo, había aprendido a leer. Entendía que aquellos libros que ella me vendía cada sábado eran mi pequeño tesoro, mi refugio. Allí, cada sábado, espantando con un soplo la pluma de una boa que me cosquilleaba la nariz y con un disfraz de china y uno de hawaiana acariciándome los hombros, amé a la primera librería de mi vida.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

'Idiota', el idiota es siempre el otro


@martatorresmol


¿Cuánto es capaz de aguantar una persona para conseguir un dinero que le apañará la vida? ¿Cuánta tensión? ¿Cuánta humillación? ¿Cuánto dolor? ¿Cuánto miedo? Es la pregunta que plantea 'Idiota'. Un adjetivo con el que nadie se identifica. El idiota es siempre el otro. Y parecerlo es algo que nos asusta. El idiota es un arquetipo que, como somos muy listos, identificamos desde el primer momento. Por sus movimientos, por su actitud, por sus pensamientos y opiniones, por cómo los expresa, por cómo trata a los demás...Y ése, en esta historia, está claro quién es: ese hombre un poco pánfilo que se las da de donjuán, que se cree muy listo, y que ha aceptado participar en un estudio sobre la conducta a cambio de un dinero que le permitirá sanear su vida: deshacer mentiras y salvar su negocio, un karaoke cutre que hace mucho que se quedó sin clientes. Un hombre que ¡oh, sorpresa! ha firmado el contrato para someterse a las pruebas sin habérselo leído. Y ahí está, junto a esa doctora tan lista que, condescendiente, intenta ayudarle a superar las cuestiones que se le plantean: ¿Cómo moviendo un único vaso se puede alterar una serie de recipientes? ¿Cómo es posible que si está lloviendo a mares un hombre sin paraguas ni nada para taparse no se moje un un pelo? No contestar a esas preguntas correctamente en dos minutos tiene consecuencias. Su adorada tía y su silla de ruedas pueden acabar rodando por las escaleras de la residencia, un violento grupo de sicarios amputará la mano de su primo... Una presión que, bien gestionada, debería, según el estudio, hacer que el protagonista encuentre las respuestas, aunque crea que no las sepa. Es lo que tiene ser idiota. O que te manipulen. Porque ahí está otro de los aspectos sobre los que esta obra te hace pensar: ¿De verdad decidimos con libertad? ¿A pesar de las presiones? ¿O acabamos tomando exactamente las decisiones que alguien espera o quiere que tomemos? Por más independientes que creamos ser. Por muy idiota que creamos que son todos los demás. Ya sabéis, el idiota es siempre el otro.

Título: 'Idiota'
Autor: Jordi Casanovas
Director: Israel Elejalde
Actores: Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert
Escenografía: Eduardo Moreno
Iluminación: Juanjo Llorens
Sonido: Sandra Vicente
Vestuario: Ana López
Vídeo: Joan Rodón
Música: Arnau Vila
Ilustraciones: Lisa Cuomo
Ayudante de dirección: Pablo Ramos
Dirección de producción: Aitor Tejada y Jordi Buxó
Teatro: Can Ventosa
Precio: 22€

jueves, 2 de noviembre de 2017

'La sustancia del mal', la Bestia del Bletterbach


Vale, sí. 'La sustancia del mal' tiene algo que chirría un poco, pero, sinceramente, me ha dado igual porque he disfrutado mucho. Con los libros, como con los hombres, a veces un pequeño pero te echa para atrás y, a veces, finges que no lo ves porque todo lo demás te gusta mucho. Ni con los unos ni con los otros sirven las matemáticas, las exactitudes, las certezas ni los "yo nunca...". En aeropuertos y aviones huyo de profundidades. Hace tiempo aprendí que no valía la pena. Que adentrarme en historias complicadas o reflexiones a las que dar vueltas es algo que no puedo hacer en aviones ni aeropuertos. Soy inquieta, curiosa y observadora. Los ojos, la atención y la cabeza se me despistan cuando el más pequeño detalle se me cruza. Y en los aeropuertos y los aviones hay demasiados pequeños detalles como para poder concentrarme a fondo en la lectura. Así que hace años que aviones y aeropuertos son, para mí, sinónimo de novela negra, romántica o cómica. Las compro allí mismo. Me gusta curiosear entre las islas cuajadas de novedades y escoger rápido, sin pensarlo mucho, por impulso o por los motivos más banales.

Así fue cómo leí 'La sustancia del mal', de Luca d'Andrea. Y a pesar de ese pero pequeñito la disfruté mucho. Devoré sus casi 500 páginas en poco más de tres días. Y cada vez que me alejaba del libro sentía al Bletterbach, ese cañón inhóspito, llamándome. La novela empieza fuerte, con el protagonista, Salinger, rodeado de hielo, a punto de morir y sintiendo (que no escuchando) la voz de la Bestia diciéndole que se marche de ahí justo en el momento en el que lo rescatan. Rescatan su cuerpo y su vida, Salinger sobrevive, pero algo de él, además de su cabeza, se queda ahí, en el lugar del accidente. Es el único superviviente. Él y su compañero Mike, con el que grababa un programa de televisión sobre el equipo de rescate de ese lugar perdido de los Alpes suizos y que se queda en la base porque no se encuentra bien. Los demás, mueren. Y Salinger debe afrontar no sólo la convalecencia, sino también la culpa. ¿Y cómo lo hace? Pues aprovechando los largos días para intentar desvelar qué pasó en ese mismo lugar que a punto estuvo de tragárselo en 1985. En mitad de una terrible tormenta que dejó aislado el pueblo tres jóvenes fueron brutalmente asesinados en una de las zonas más inaccesibles del cañón. Sus cuerpos aparecieron descuartizados. Nunca se llegó a saber qué pasó.

Desde ya os lo digo: no me gusta Salinger. No me cae bien. No soporto cómo se comporta. Si fuera una persona real no la querría cerca de mí. Y a pesar de eso me tuvo enganchada a su pesquisa, bueno, más bien a su obsesión. Porque lo suyo con ese caso es una obsesión que a punto está de dar al traste con su cordura y con su familia. Es lo mejor de la novela. Esas investigaciones que ponen de uñas a todo el pequeño pueblo, que nunca quiso, en realidad, saber qué ocurrió aquella noche. Esa búsqueda, de casa en casa, de sospechoso en sospechoso, es apasionante. Te crees los indicios. Temes al asesino. Deseas encontrarlo. Te da rabia haberte dejado convencer por la trama porque el asesino es quien creiste en un primer momento. Y ya. Porque la resolución de ese macabro asesinato, esa última visita a las profundidades del Bletterbach, horrorizado antes la posibilidad de que alguna bestia prehistórica le corte la cabeza, me sobra. Un poco.

"Siempre es así. En el hielo, uno primero oye la voz de la Bestia, y luego muere.
Grietas idénticas a aquella en la que me encontraba estaban llenas de montañeros y escaladores que habían perdido las fuerzas, la razón y, finalmente, la vida por culpa de esa voz.
Una parte de mi mente, esa parte animal que conocía el terror porque había vivido en el terror durante millones de años, comprendía lo que la Bestia silbaba.
Ocho letras: 'Márchate'.
No estaba preparado para la voz de la Bestia."

Título: 'La sustancia del mal'
Autor: Luca d'Andrea
Traductor: Xavier González Rovira
Editorial: Alfaguara
Páginas: 472
Precio: 20,90€
Procedencia: Regalo mamá

domingo, 29 de octubre de 2017

'Billy Budd, marinero', a bordo del 'Bellipotent'


@martatorresmol

A Melville hay que leerle cerca del mar. Igual que a Conrad. O en trenes. De la misma forma que a Graham Greene hay que leerle de noche, a Manuel Rivas cuando la calidez hogareña es la frontera de tardes desapacibles, a Durrell en pegajosas tardes de verano ensordecidas por las cigarras o a Ishiguro cuando el día está aún desperezándose. La primera vez que leí 'Moby Dick' lo hice en un par de noches a bordo. Y recuerdo las horas de sol y sal en las que devoré 'Redburn, su primer viaje', hace dos veranos. 'Billy Budd, marinero', se fue en una noche entre los corales de mis sábanas y dos mañanas a pelo en la arena. Es una historia interesante. De ésas que te hacen parar y pensar. Y darle vueltas. Y es en esas reflexiones cuando te conviertes, sin quererlo, en el capitán Vere, el auténtico protagonista de esta historia, aunque su nombre no aparezca en el título. No sé hasta qué punto Melville (ese hombre que navegó "océanos y bibliotecas") pulió esta pequeña novela. Si el manuscrito que encontró su biógrafo casi tres décadas después de su muerte estaba acabado o era el esbozo de una novela más extensa. Da igual.

El capitán Vere, ese hombre al que, en cierta forma, compadeces más que al pobre Billy Budd, prácticamente no aparece hasta que la novela está ya mediada. Está, obviamente, es el capitán del 'Bellipotent', un setenta y cuatro cañones de la Armada Británica en el que obligan a enrolarse a Billy Budd, gaviero, hasta entonces, del 'Derechos del hombre', un mercante. Está porque él, tras el abordaje, es quien decide llevarse al joven. Pero ya. Apenas aparece hasta el momento culmen, ese instante, esas páginas, en las que le compadeces, le entiendes, sufres con él y, tras tener sus mismas tentaciones, llegas a la misma conclusión que él. Tomas, en tu cabeza, su misma decisión, aunque te duela, porque es lo que debes hacer. Ese momento en el que la novela, que hasta entonces iba ligera, se ralentiza para que puedas convertirte en el capitán Vere. En los primeros capítulos vemos a Billy, el "marinero bonito", embarcarse con sorprendente buen ánimo en el 'Bellipotent', la relación con sus compañeros, las noches en su coy, y las conversaciones con ese holandés, viejo lobo de mar, que ve más allá que los demás y que, desde el primer momento, advierte que las sonrisas que el maestro de armas dedica al joven están llenas de veneno. Y entonces, habituados a la rutina del barco, sucede lo que sucede. Y vemos al maestro de armas deshacerse de su piel de cordero. Y a Billy Budd enfrentándose al lobo con poco tino. Y al capitán Vere reflexionando sobre si lo que establece la justicia es lo más justo y haciendo, al final, lo que tiene que hacer. Lo único que puede hacer. Aunque no quiera, aunque le cueste.  Y tú ahí, en el camarote de proa, en un improvisado consejo de guerra, dando las mismas vueltas que el capitán Vere.

"En la época anterior a los barcos de vapor, o tal vez con más frecuencia entonces que ahora, quienes paseaban por los muelles de cualquier gran puerto de mar reparaban de cuando en cuando en un grupo de marineros bronceados, tripulantes de buques de guerra o de algún mercante, que vestidos de domingo disfrutaban de un permiso en tierra. En algunos casos flanqueaban, o rodeaban igual que guardaespaldas, a una figura superior que se movía con ellos como Aldebarán entre las estrellas menores de su constelación. Dicho objeto señalado era el 'marinero bonito' de las épocas menos prosaicas de las flotas tanto militares como mercantes."

Título: 'Billy Budd, marinero'
Autor: Herman Melville
Traductor: Miguel Temprano García
Editorial: Alba
Páginas: 152
Precio: 16€
Procedencia: comprado

lunes, 23 de octubre de 2017

Cuchara para el frío (y para el alma)


@martatorresmol

Soy mujer de cuchara. Siempre lo he sido. Pocas cosas hay que consuelen mi alma dolida como un caldo de gallina. Servido en una taza que pueda rodear con las manos. Para sentir el calor. Solo. Sin nada. Sólo el caldo. Me encantan las cremas de verduras. De cada verdura por separado, intensas, que dejen notar bien el sabor. Si en verano siempre hay gazpacho casero en la nevera, en invierno no faltan nunca las cremas. Me gusta ir al mercado a escoger las verduras, volver a casa y pasar la mañana cocinando con música y una copa de vino. Nunca uso nata. Ni leche. No hace falta. Con una buena cantidad de verdura y un buen rato de batidora no hace falta. Quizás no estén tan melosas, pero el sabor lo compensa. Tampoco mezclo nunca patata. La receta es casi la misma para todas, pero con los años he ido descubriendo pequeños detalles que mejoran cada una de ellas. Espero ir descubriendo muchos más.

Receta base
En una olla grande, sofreír en aceite de oliva una cebolleta grande (o dos pequeñas). Cuando esté transparente, añadir la verdura a trozos, mejor que no sean muy pequeños, y darle unas vueltas. Salpimentar y echar luego un vaso de alcohol (a veces vino, a veces cerveza, a veces coñac). Esperar a que se evapore todo el alcohol (es fácil, basta con acercar la nariz, si queda alcohol, lo notaréis) y cubrir luego la verdura con agua fría. Dejar cocer hasta que notéis con un tenedor que está blanda. Es importante no cocerla de más para que la crema tenga el máximo sabor. Triturar con la batidora hasta que tenga la textura que os guste. Y listo. No puede ser más sencillo.


Crema de coliflor
Mi favorita. Descubierta hace sólo un par de años. Me gusta el sabor intenso de la coliflor combinado con la delicada textura de seda. No hace falta cortarla a trozos muy pequeños, a mí me gusta dejar los brotes enteros y verlos bailar en el agua mientras cuecen, como pequeños arbolitos blancos. Siempre añado un botellín de cerveza mientras se sofríe. Está buenísima tan cual, pero exquisita con un poco de queso azul añadido por encima, dejando que se derrita con el calor de la propia crema.

Crema de zanahoria
Fría o caliente. Da igual. Está rica en cualquier época del año. Mejor, aunque sean algo más caras, comprar manojos de zanahorias de los que vienen aún con los tallos. Es la mejor forma de asegurarse de que están frescas y, sobre todo, tiernas. Si lo son lo suficiente no hace falta ni pelarlas, con lavarlas bien con un cepillito, listo. Un vaso de vino blanco para sofreírlas con la cebolla ya dorada. Siempre le añado un pellizco de comino y en verano, además, menta fresca.

Crema de calabaza
Es la histórica de mi casa. La que mis amigos han probado decenas de veces y la que me piden cada vez que saben que van a venir. Es fuerte, intensa. Me gusta así. Es importante que la calabaza no esté muy madura. Y también es muy importante no dejar sofreír mucho la cebolla. De hecho, ambas cosas son muy importantes, sino la crema quedaría demasiado dulce. Vino blanco. Y un poquito de curry. El jamón ibérico le va genial, si queréis añadirle algo que se mastique. O una cucharada de yogur griego sin azúcar, si queréis suavizar el sabor.

Crema de puerros
Me vuelve loca por su sabor, pero también me vuelve loca por el trabajo que supone pasarla después por el pasapuré para que no quede ningún hilito. Shhhhhh... Un secreto: si cuando la cebolla esté transparente se le añade una manzana granny smith (¡sólo vale granny smith!), la manzana verde ácida de toda la vida, picada, se consigue un sabor exquisito. Vino blanco (como en casi todas las cremas), bien de pimienta y un toque de nuez moscada. Me encanta con unas gambitas cocidas.

Crema de setas
Es la menos económica de todas, pero el sabor lo compensa. Nada de champiñones, setas de cardo. Añadir champiñones para engordar la crema porque son baratos no vale la pena. Es preferible hacer poca cantidad y con todo el sabor. Ni vino ni cerveza. Media copa de coñac y flambear (acordaos de apagar el extractor si lo tenéis encendido). No añadáis mucha agua, sólo cubrir, que se hacen en un momento.

Crema de calabacín
Era una de las que más preparaba hace años y, sin embargo, ahora la verdad es que la cocino poco. Cuando llego al puesto de frutas y verduras los calabacines acaban quedándose en un par y para cualquier otra cosa que no sea crema. Ni se os ocurra echarle cerveza si no tenéis vino, quedará demasiado amargo. Me gusta tomármela con una cucharada de queso crema (tipo philadelphia) y un poco de albahaca fresca o tomate seco picado.

miércoles, 18 de octubre de 2017

'Tres días y una vida', la culpa


@martatorresmol

La culpa puede decidir una vida. Puede decidir por ti. Escoger por ti. Descartar por ti. Hacer como que olvida por ti. Fingir por ti. Mentir por ti. La culpa puede comerte. Darte un buen mordisco, un bocado atroz, que te deje medio muerto y una cicatriz que te impida olvidar. Y seguir comiéndote, poco a poco, royéndote y lamiéndote, el resto de tu vida. La culpa... Ésa es la protagonista de 'Tres días y una vida', de Pierre Lemaitre, que sigue fascinándome por su capacidad para tenerte con el corazón en la boca durante todas y cada una de sus páginas. Con sencillez, con naturalidad, sin artificios. Como si sus historias discurrieran por el único camino posible y, al mismo tiempo, el que no esperarías nunca.

'Tres días y una vida' sucede en Beauval, un pequeño pueblo francés. Un lugar en el que todos se conocen y en el que, quizás por eso, todos se esconden. Protegen lo que ocurre visillos adentro con el mismo afán con el que tratan de mirar más allá de los visillos de los demás. El protagonista es Antoine, un tímido preadolescente de doce años condenado a la soledad de los bosques que rodean la aldea desde el momento en que su madre le prohíbe jugar con las consolas de sus amigos. Apartado del grupo, sintiéndose aislado, Antoine pasa las horas construyendo una cabaña en un árbol con la única compañía de Ulises, el perro de su vecino y, a veces, Rémi, su pequeño dueño. Antoine, que siente que ese perro es el único ser en el planeta que le entiende (su padre huyó de su lado tras el divorcio y su madre trabaja tanto para mantenerle que apenas está en casa), no puede superar la despiadada muerte del animal, que presencia, horrorizado. Primero le poseen las lágrimas, las pesadillas. Luego, la rabia, que paga con quien no tiene culpa alguna. Y finalmente, la culpa, que ya no le abandonará. Por más que pase el tiempo. Y que irá, con el paso de esos años, configurando a su antojo la personalidad de Antoine. Y estableciendo los límites no deseados de su vida. Porque la culpa, como la tristeza y como la soledad, si no las echas a tiempo, se te meten tan dentro que ya no hay manera fácil de deshacerte de ellas.

Lemaitre, con esa asombrosa clarividencia de la parte más oscura del ser humano, con ese profundo conocimiento de nuestra cara B, te hace sufrir. Como si fueras Antoine. Porque, ¿quién está seguro de que jamás mataría a otra persona? Es una pregunta a la que tuve que responder hace tiempo, en la universidad, en una de las fabulosas clases de 'Periodismo y literatura'. A pesar de los años que han pasado, mi respuesta sigue siendo la misma: cualquiera, en un momento dado, se puede manchar las manos con sangre ajena. Y entonces, salvo que seas un sociópata, ahí estará la culpa. Intentando hacerse dueña de tu vida.

"A finales de diciembre de 1999, una sorprendente serie de sucesos trágicos sacudió Beauval, el más importante de todos, la desaparición del niño Rémi Desmedt. En esa región cubierta de bosques y habituada a un ritmo lento, la súbita desaparición del pequeño causó estupor e incluso fue considerada por muchos de los habitantes como un presagio de futuras catástrofes. Para Antoine, que estuvo en el centro del drama, todo empezó con la muerte del perro. Ulises."

Título: 'Tres días y una vida'
Autor: Pierre Lemaitre
Traductor: José antonio Soriano Marco
Editorial: Salamandra
Páginas: 224
Precio: 18€
Procedencia: regalo mamá

lunes, 16 de octubre de 2017

'Muñeca de porcelana', las entrañas del poder


Foto: Sergio Parra

"Todos quieren ir al cielo, pero nadie quiere morirse antes".

Cuánta verdad encierra esa frase de 'Muñeca de porcelana', una obra escrita por David Mamet. Es lo que tiene el buen teatro, que planta verdades incuestionables sobre el escenario. Y no sólo verdades. Planta sobre el escenario al ser humano. Todas sus miserias. Todas sus flaquezas. Todas sus mentiras. Todos sus trucos. Ver una buena obra de teatro es mirarse al espejo. A veces te ves reflejada a ti misma con tanta crudeza que te asusta. Otras, la mayoría, en ese reflejo aparece la sociedad al completo. Y entonces, si la obra es redonda, sientes asco. Grima. Unas profundas ganas de vomitar. Y te planteas cómo se puede llegar hasta ahí. Me pasó, hace años, con 'Todos eran mis hijos' y con esa facilidad con la que un empresario envía a la muerte segura en sus aviones inseguros a combatientes americanos. Me pasó con la fabulosa 'Celebració' y ese padre depredador sexual. Y me pasó hace unos días con 'Muñeca de porcelana' y ese empresario (inmenso José Sacristán) que pasa de tener la sartén por el mango a que le tengan pillados por los huevos, con perdón de la expresión.

Todo pasa en unas horas. Sin salir de una oficina. Con dos actores y un teléfono. No hace falta nada más. Es suficiente para ver la caída de un hombre. La de un empresario de éxito de edad avanzada encaprichado de una joven actriz a la que le acaba de comprar un avión y por la que ha decidido jubilarse y dedicarle todo el tiempo posible. Lo que muestra Mamet son las últimas horas de ese empresario en su despacho, instruyendo a su joven ayudante, que es quien se hará cargo de sus negocios tras su jubilación. Nos muestra a un hombres irascible, tirano, incluso, acostumbrado a ganar, a que no le lleven la contrario, a no dar su brazo a torcer, a doblegar a los demás. Y a otro hombre apocado, tímido, con ganas de decirle a su jefe lo que piensa, aplicando toda la mano izquierda que tiene para alzar su voz y que su mentor le atienda. Bien. Eso es al principio. Antes de que empiecen las llamadas. Las decenas de llamadas. La llamada que significará el cambio de todo. Porque lo que Mamet, con genialidad, nos muestra es la digestión del poder, los intestinos, los viscosos caminos que siguen política y dinero, tan enredados el uno con el otro que es imposible separarlos sin echar mano de unas tijeras. Y ahí, esa llamada, ese tijeretazo, aunque sólo sea por una cuestión estética, por miedo a la prensa, a un juicio o a la cárcel, lo cambia todo. Cambia las perspectivas de futuro de Ross. También las de su ayudante. Cambia el tono de las conversaciones. Cambia las palabras. Cambia los gestos. En apenas una hora y cuarto, con simples llamadas de teléfono, el empresario de éxito deja de ser alguien a quien envidiar y el ayudante pacato deja de ser alguien a quien compadecer. Una evolución de personajes digna de los de Carol Reed en 'El tercer hombre'. No había vuelto al teatro desde 'Tierra del fuego', que me dejó noqueada. Y he vuelto a salir casi igual.


Título: 'Muñeca de porcelana'
Autor: David Mamet
Director: Juan Carlos Rubio
Actores: José Sacristán, Javier Godino
Versión: Bernabé Rico
Ayudante de dirección: Chus Martínez
Escenografía: Curt Allen Wilmer
Iluminación: José Manuel Guerra
Sonido: Mariano García
Figurinista: Guadalupe Valero
Vestuario: DERBY 1951
Fotografía: Sergio Parra
Comunicación: Daniel de Vicente
Producción en gira: Jacinto Bravo, Salvador Aznar
Distribución: Bravo Teatro
Producción ejecutiva: Bernabé Rico
Teatro: Can Ventosa (Ibiza)
Entrada: 22€

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