lunes, 21 de agosto de 2017

'Sumisión', ¿podría pasar?


Son las siete de la tarde del 17 de agosto. Estaba leyendo una maravilla de Natalia Ginzburg, pero hace rato que tengo la televisión en marcha. La televisión, la radio, twitter... Todo abierto. Ha habido un atentado terrorista en Las Ramblas de Barcelona. Escucho y leo atenta. Pero la información llega con cuentagotas. Y con mucho ruido. No puedo estar quieta. Busco entre la montaña de libros a la espera de reseñar. Ni hecho adrede. 'Sumisión', de Michel Houellebecq, sigue esperando su turno. Dos años lleva ahí. Lo sé por la tarjeta de embarque que utilicé de punto de libro cuando lo comencé: 21 de agosto de 2015, Ibiza-Bilbao. Es uno de esos libros castigados. De esos con los que durante un tiempo tienes que guardar la distancia de seguridad. Por el propio libro. Y por cómo llegó. Ya no quema. Todo pasa. En la pantalla se suceden las imágenes de ambulancias, de zonas acordonadas, de miedo... Números de víctimas aún sin confirmar... Houellebecq. Mientras leía 'Sumisión' no podía dejar de pensar que esa historia no me parecía tan extraña. Tan imposible. Tan surrealista.

Un partido islamista moderado gana las elecciones presidenciales en una imaginaria Francia de 2022. Con el apoyo de los socialistas y de la derecha. Un acuerdo que le permite imponerse al Frente Nacional. Se supone que no iba a cambiar nada. ¡Son moderados! Pero el paisaje del país va cambiando. Los judíos se marchan. Minifaldas y escotes desterrados. Las mujeres desaparecen de los cargos públicos. De la universidad. Ahí, en la universidad, trabaja como profesor el protagonista. Y sí, aunque al principio hay una cierta rebeldía contra las nuevas medidas, al final, se imponen. Y se aceptan. Y ahí está el auténtico quid de la cuestión. 'Sumisión' no hay que leerlo en clave de Islam-Occidente. Hay que leerlo en clave machismo-feminismo. Sí, vale, ahora me diréis que voy a lo fácil, que con la fama que tiene el francés disparo a lo obvio, que no se puede mirar todo en la vida con ese prisma.

Pues lo siento, pero sí, creo que 'Sumisión' hay que leerlo en clave de machismo-feminismo. ¿Por qué? Pues muy sencillo. Porque lo que se ve en el libro es que con un islamista como presidente, las mujeres no cuentan. No importan. No valen más allá de los niños que puedan engendrar, el placer que puedan dar o las tareas domésticas que puedan desempeñar. Y así, poco a poco, van desapareciendo de los círculos de poder. Pueden protestar, pero sin el apoyo de los hombres, que son los que mandan, no llegan a ningún sitio. Y esos hombres, incluso los más beligerantes con la igualdad, descubren rápido que su vida es mucho mejor sin las mujeres haciéndoles sombra. Si se convierten al Islam, cobran más. Si se convierten al Islam, pueden tener todas las mujeres que puedan mantener. Si ellas no pueden ocupar ciertos cargos de poder, estos se los reparten todos entre ellos. El hombre más gris, el menos válido, el que antes no conseguía llegar a nada, ahora tiene todas las facilidades del mundo. Es todo tan cómodo... Que al final todos caen, todos aceptan, todos se hacen un ovillo confortable y calentito. Aunque sea un despropósito. Aunque se vulneren los derechos de las mujeres. Aunque años antes se llenaban la boca con la libertad. Tremendo, sí, pero estoy convencida de que podría pasar.

"Exteriormente, no había nada nuevo en la facultad, aparte de una entrella y una media luna de metal dorado que habían sido añadidas al lado del rótulo de la entrada en el que se leía 'Université Sorbonne Nouvelle-Paris 3': pero,  en el interior de los edificios administrativos, las transformaciones eran más visibles. En la antesala había una fotografía de peregrinos deambulando alrededor de la Kaaba, y los despachos estaban decorados con carteles que representaban versículos del Corán caligrafiados; las secretarias habían cambiado, no reconocí a ninguna de ellas, y todas llevaban velo."

Título: 'Sumisión'
Autor: Michel Houellebecq
Traductor: Joan Riambau
Editorial: Anagrama
Páginas: 288
Precio: 19,90€
Procedencia: regalo

sábado, 19 de agosto de 2017

Mi dolor limita al sur con el paso de es Freus


@Martatorresmol

Mi dolor limita al sur con el paso de es Freus. Justo ahí, en el punto en el que todos los barcos bailan, incluso cuando el mar (la Mar) está como un plato, justo ahí, donde algunos turistas de vuelven verdes, justo ahí, donde se pueden contar ya las casitas de Formentera, justo ahí, sobre el negro azulado de las algas, justo ahí, el dolor se duerme. Se calma. Se esconde. A veces huye. Lo veo lanzarse de cabeza y perderse entre las olas. Me da un descanso. Una tregua. Al sur.

Mi dolor limita al norte con el paso de es Freus. Justo ahí, en ese punto en el que se olvida el olor de la tierra, justo ahí, donde el mar (la Mar) siempre te salpica la cara, justo ahí, donde los desfiles se ponen juguetones, justo ahí, donde la bruma a veces desdibuja el horizonte, justo ahí, en dos islas y en ninguna, el dolor despierta. Se altera. Se hace notar. Vuelve. Frío y húmedo. Sin descanso. Al norte.

miércoles, 16 de agosto de 2017

'Viaje a la aldea del crimen', el 'maestro' Ramón J. Sender en la matanza de Casas Viejas


Cuando un maestro habla, el buen alumno escucha. Cuando un maestro escribe, la buena alumna lee. Devora. Analiza. Relee. Piensa. Subraya. Admira. Sueña. Mira al fondo de sus textos. Compara. Frunce el ceño. Vuelve a leer al maestro. Mastica lo que se se esconde entre líneas. Digiere. Y concluye. Cuando sea mayor quiero escribir como Ramón J. Sender. Quiero saber mirar y entender como lo hacía él para sus crónicas. Es la conclusión que saco de esa lección de periodismo que es 'Viaje a la aldea del crimen', un compendio de las crónicas que escribió el periodista oscense durante su estancia en el pueblo gaditano de Casas Viejas, donde en enero de 1933 se produjo la célebre revuelta que puso en jaque a la República de Azaña, que tuvo que dimitir por la brutal forma en la que fue sofocada.

Pocos, muy pocos, periodistas acudieron a Casas Viejas. Y entre ellos estaba J. Sender. Maestro J. Sender, para mí. Las decenas de crónicas, de no más de tres o cuatro páginas la mayoría, se leen con fruición, con ganas de saber más. El punto final de una es el cebo para la siguiente. Y lo que hay en ellas, lo que cuentan los ojos y las palabras del periodista horripila. Asquea. Da náuseas. Porque lo que relatan los textos de J. Sender no es una gran revolución que amenace a las fuerzas del orden y que éstas tengan que liquidar de la forma que sea. No. Lo que hay en las piezas que el periodista publicó en el periódico La Libertad no son más que unos jornaleros comidos por el hambre, con las vidas llenas de polvo, las  alpargatas mil veces remendadas y sin más ropa que la puesta a los que les sale todo mal. Creen que la insurrección anarcosindicalista ha triunfado, deponen al alcalde republicano, se presentan en el cuartel de la guardia civil, se lían a tiros con el sargento y tres agentes y toman el pueblo. Hasta que llegan refuerzos (más guardias y tropas de asalto) y entonces, con la consigna de "sin prisioneros ni heridos", la revuelta acaba como el rosario de la aurora. Recuperan el pueblo, consiguen averiguar quiénes fueron los impulsores y cercan y acaban, entre tiros y fuego, con Seisdedos, un anciano carbonero, y su familia. Una violencia que trasladarán después al resto de la pedanía en una razzia tras la que el balance total de muertos es de 25, entre fuerzas del orden, anarquistas y demás gente de Casas Viejas.

Lo que hace J. Sender en Casas Viejas es casi orfebrería. Mira. Escucha. Deja que le cuenten. Intuye. Recompone. Cuando él llega a la aldea de Medina Sidonia todos han muerto ya. La "carnicería", como el propio Manuel Azaña definiría la matanza de Casas Viejas en su diario, ya está hecha. La del pueblecito gaditano no era más que una más de las decenas de insurrecciones de carácter anarquista que se habían sucedido (y se habían sofocado) en los últimos meses en todo el país. El periodista llegó días después de los hechos del 10 de enero y publicó su primera crónica el 19. Unas primeras crónicas que explican el viaje de la capital a Casas Viejas, ese primer trayecto en avión en el que el paisaje se convierte en mapa, y que preparan al lector, lo sitúan, para entender todo lo que vendrá después. Ramón J. Sender revive a los muertos, reconstruye conversaciones, plantea pensamientos... Es así como nos planta delante de ese momento en el que los protagonistas mueren, algunos abatidos, otros chamuscados, una escena que poco tiene que ver con la versión oficial. Es así como consigue meternos en las conversaciones de la taberna del pueblo, donde parece escuchar, incluso, el acento gaditano. Un trabajo fabuloso en el que periodismo y literatura se dan la mano, un trabajo de 'Nuevo Periodismo' tres décadas antes de que éste naciera en Estados Unidos, que completó, meses después, con los resultados de las investigaciones y de la comisión parlamentaria. La narración de J. Sender impresiona. Por la violencia desmedida de los hechos. Y por la descripción de aquello que más le impresiona: el hambre y la miseria.

"Hay rumores, es verdad. Pero también es verdad -y los madrileños y los corros de los cafés no saben bien hasta qué punto eso es verdad que hay hambre. Hambre negra, solitaria, en medio de una tierra feraz y de un clima suave. En naturalezas fuertes, condenadas a la desolación. ¿Democracia? Eso es cosa de las tertulias y de los diarios del corro, que no llega aquí, y que si llega viene envuelta en papel sellado y atada con balduque."

Título: 'Viaje a la aldea del crimen'
Autor: Ramón J. Sender
Editorial: Libros del Asteroide
Páginas: 212
Precio. 16,95€
Procedencia: comprado

viernes, 11 de agosto de 2017

'Rendición', esa aterradora transparencia


@Martatorresmol

Aún no me he recuperado de ‘Rendición’, de Ray Loriga. No me encuentro. No me siento bien. Estoy riendo, tomando unos vinos, callejeando, buceando bajo las olas y de repente... ¡Zas! Ahí aparece de nuevo. Ese hachazo inesperado de inquietud. De pesadumbre. De ansiedad. Porque ‘Rendición’ es eso: un sablazo que te parte en dos pero que no acaba contigo, para que veas y sientas cómo te desangras. Tiene algo este Loriga tan adulto del McCarthy crudo y descarnado de ‘La carretera’. Los dos tienen mucho de apocalípticos, de gris, de cenizas, de tierra quemada, de no mirar atrás porque, por desgracia, por mucho que lo hagas no te convertirás en estatua de sal. Tienen algo el uno del otro y, sin embargo, están a años luz. El de McCarthy es la humanidad que se acaba, que se apaga. Es el hombre contra el hombre por la subsistencia. La tuya. Y la de los tuyos. El de Loriga son humanos sometiendo a otros humanos sin que se den cuenta. O sin que quieran darse cuenta. Y eso, creo, es mucho más perturbador. Aterra.

‘Rendición’ inquieta desde los primeros párrafos. Desde la primera frase ("Nuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo puede mejorar"). Desde ese matrimonio que tiene a dos hijos soldados perdidos en una guerra que dura ya demasiado y que nadie tiene claro hacia qué lado se decanta. Desde ese país en el que, sabemos, la sangre y los lazos emocionales permitían conocer, en el pasado, el latido de los seres queridos. A tiempo real. Saber si están vivos. Desde esa casa de campo en la que él y ella esconden a un niño llegado de no saben dónde y perteneciente a no saben qué bando que deciden proteger y cuidar. Desde esa huida forzada a un lugar seguro. Un lugar seguro... Donde todas sus necesidades estarán cubiertas... En plena guerra... Sospechoso. Inquietante. Y es ahí, en ese momento, en ese trayecto en un autobús que se avería y con una sola garrafa de agua para todos, cuando el título del libro empieza a palpitarte en las sienes (...rendición-rendición-rendición...), a quemarte (...rendición-rendición-rendición...), un martillazo tras otro (...rendición-rendición-rendición...), cada vez más fuerte (...rendición-rendición-rendición...) hasta hacerse insoportable al llegar a ese lugar seguro, esa ciudad siempre limpia, en la que nada huele, ni bien ni mal, en la que todos deben ducharse, en la que todo es transparente. Todo se expone. Todo está a la vista. Una metáfora de la sociedad actual, la nuestra, en la que todo está expuesto. El amor, el sexo, la soledad, el dolor, la mierda... Todo a la vista en ese mundo de cristal. En la transparencia absoluta. Ésa que dice mostrarlo todo y que, en realidad, se esconde a sí misma. Nada oculta tanto como la bandera de la transparencia. La transparencia como capa de invisibilidad. Una transparencia como la de los presos, que priva de la intimidad. Que condena a la vergüenza constante. Que pretende que no te plantees que tanto cristal pueda esconder algo. En la ciudad transparente, la de los vencidos, sólo cabe la rendición. Rendirse y asumir ese mundo de cristal. Rendirse y huir de la ciudad transparente. Rendirse.

"Nuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo puede mejorar. Crece solo, nuestro optimismo, como la mala hierba, después de un beso, de una charla, de un buen vino, aunque de eso ya casi no nos queda. Rendirse es parecido: nace y crece la ponzoña de la derrota durante un mal día, con la claridad de un mal día, forzada por la cosa más tonta, la misma que antes, en mejores condiciones, no nos hubiera hecho daño y que sin más consigue aniquilarnos, si es que coincide por fin ese último golpe con el límite de nuestras fuerzas."

Título: 'Rendición'
Autor: Ray Loriga
Editorial: Alfaguara
Páginas: 216
Precio: 18,90€
Procedencia: comprado

lunes, 31 de julio de 2017

'El último día de Terranova', cuando todo cierra


"A ver quién anda hoy por la Línea del Horizonte". Es curioso. He llegado a esa última frase de 'El último día de Terranova', de Manuel Rivas, y no tengo la sensación de haber leído un libro. Es como si esas casi 300 páginas que explican la vida y muerte de esa librería no hubieran existido. Porque la sensación que tengo es la de haber estado allí, escondida, entre los estantes, asistiendo a su fin y a esos recuerdos que su propietario, Vicenzo Fontana, ese hombre al que el amor por una mujer despertó su amor por los libros, su interés por conocerlos y a descubrir que los libros nos cuidan, nos enseñan, nos estimulan y nos protegen, va hilando en esos últimos días. Unos últimos días que no son, en realidad, los de la librería. Son los últimos días de todo. De aquello que conocemos. De aquello que amamos. De un lugar que fue nuestro hogar y que sabemos que, cuando crucemos su umbral por última vez, dejándolo a nuestra espalda, dejará de existir porque ya será otra cosa. Una más. No aquello que queríamos, que sentíamos nuestro, que nos refugiaba. De las personas que, a su manera, lo convertían en lo que era y que también ahora y también ellos dejarán de ser, un poquito, quienes eran. Para ellos mismos y para aquellos que los conocían en ese lugar. 'El último día de Terranova' es gris. Y lluvioso. Umbrío. Lleno de charcos. De olas que parecen dispuestas a abrir puertas en los acantilados. Y no consigue una desprenderse de esa sensación fría y húmeda hasta que llega a esa última frase ("A ver quién anda hoy por la Línea del Horizonte") y se da una ducha caliente. O se toma un vino. Sí, a veces un vino es es la mejor ducha caliente. Pero ni siquiera ese vino (o esa ducha) son una protección eterna, porque hay instantes, recuerdos, imágenes del cierre de esa librería que en realidad es el cierre de casi todo, que, de vez en cuando, te asaltan, como balas frías y húmedas, porque todos, en esta época en la que el dinero y la especulación convierten las ciudades en calcos unas de otras (los mismos establecimientos, con la misma decoración, en el mismo orden, en las calles principales, con la panza llena de los comercios de toda la vida que devoraron) todos hemos visto muchas Terranovas desaparecer. Echar el cierre y enterrar, en ese último giro de la cerradura, infinidad de historias. Como las que, adelante y atrás, con esa delicada forma de contar, Rivas hilvana en esta novela. Los libros que se dejaron robar, los prohibidos, las conversaciones de los contrabandistas que los conseguían, los amores fraguados (y rotos) entre las estanterías... "A ver quién anda hoy por la Línea del Horizonte".

"Están ahí los dos, al pie del Faro, en las rocas fronterizas. Ella y él. Los furtivos.
Estoy de pie frente al mar y tengo miedo a girar,e, a darles la espalda, y que todo desaparezca para siempre. También ellos. Que cuando me vuelva, solo encuentre un inmenso vacío partido por la Línea del Horizonte, una línea fósil, sin recuerdos que se muevan en ella como ahora lo hace Garúa en bicicleta con su lote de libros en las alforjas."

Título: 'El último día de Terranova'
Autor: Manuel Rivas
Editorial: alfaguara
Páginas: 280
Precio: 18,90€
Procedencia: comprado

jueves, 27 de julio de 2017

La sirena inversa


@Martatorresmol


Se miraba la cola. Las piernas. O la cola. O las piernas. Daba igual. Ya sólo le quedaban unas pocas escamas, en la colina de su cadera. Translúcidas. Aún conservaban algo de brillo. Tímidos reflejos que parecían desperezarse cuando, por las mañanas, se acercaba al mar (la Mar). Había renunciado a ellas. Si echaba la vista atrás podía ver un camino de escamas tornasoladas. Podía, incluso, contar la historia de cada una de ellas. Cada escama una ilusión. Cada escama una renuncia. La primera… Aún sonreía con tristeza al recordar la primera. Se la llevó un flotador perdido. Era tan gracioso aquel pato de plástico… Y ella  tan pequeña… Le costó alcanzarlo. Le echó los brazos al cuello, para llevárselo a las profundidades, pero no quería. Se rebelaba. Volvía a la superficie una y otra vez. La arrastraba con ella. Se rindió. Allí lo dejó. Amarillo, con la mirada fija en el horizonte. Dándole la espalda, ahora se fijaba, a un niño que, a lo lejos, lloraba desconsolado y estiraba los brazos, creyendo de verdad que aquel pato cabezota daría la vuelta y regresaría. Fue ella, con los embates de su pequeña cola quien lo guió, enfurruñada, hasta la orilla, adonde llegó con un último coletazo que le arrancó aquella primera escama. Asistió, escondida entre los borreguitos de las olas, a la alegría del reencuentro entre pato y niño. Se le encogió el estómago. Quiso ser aquel crío que reía y saltaba en el mismo lugar en el que ahora, sentada, se miraba la cola. O las piernas O la cola.

Y así las fue perdiendo casi todas. Una escama tras otra. Una por aquel polo de fresa que se le cayó a alguien que se asomaba al muelle. Otra cuando volvió los ojos al cielo, extasiada, para seguir el vuelo de un globo rojo. Unas cuantas enredándose conscientemente en una bufanda mugrienta y deshilachada que danzaba al ritmo de las corrientes, al nadar casi rozando las aletas de unos buzos, jugando con el anzuelo de unos pescadores, mientras, pegada al casco de un yate, trataba de imitar las risas de unas mujeres, persiguiendo tablas de surf, al hacerles cosquillas con su cola a sorprendidos bañistas... Las dejaba escapar a puñados, como confeti, cada vez que se dejaba hipnotizar por el guiño constante de un faro. Las últimas, las que la dejaron varada en tierra, con aquella piel que se arrugaba en el agua, las perdió una noche de fiesta. Era verano. Las hogueras brillaban en el horizonte. Las siluetas de los humanos se recortaban en la penumbra. Estiró las puntas de los dedos hacia las estrellas, embelesada, para cazar al vuelo las chispas de colores de los fuegos artificiales.

Ya no pudo volver a su abismo de sal . Nadó, a duras penas, hasta la playa. Allí está desde entonces. Sentada en la orilla. Mira su cola. Sus piernas. O su cola. O sus piernas. Ya no lo sabe. Contempla el brillo cansado de ese puñado de escamas que se descuelgan desde su cadera derecha. Sonríe. Se desperezan cada vez que las olas le lamen los dedos de los pies.

martes, 25 de julio de 2017

Libros que leí en verano...


@Martatorresmol

Hay libros que estarán siempre ligados al verano. Y no por las vacaciones, que nunca las tengo en esa época del año, sino porque si pienso en ellos recuerdo los escasos momentos tirada en el césped de la piscina o sobre la toalla en la playa. Momentos que son los únicos en los que, realmente, me abstraigo de todo. Sólo estamos el libro y yo. No hay mal de amores ni preocupaciones laborales ni móvil. Sólo las olas, el viento haciendo bailar mi vestido colgado en la rama de un olivo, el sol...


'Redburn', el primer viaje de Melville
Wellingborough Redburn es Wellingborough Redburn. Herman Melville es Herman Melville. Pero Redburn, en realidad, es Melville. Redburn es Melville antes de que Melville se fuera a cazar ballenas, y de que viviera con una tribu de caníbales en las Islas marquesas. Redburn es Melville cuando el escritor tenía poco menos de veinte años y se enroló, sin saber nada del mar (la Mar, como diría alguien a quien aprecio)...

@Martatorresmol

Pues sí, 'Te llevaré conmigo'...
Vuelvo (quizás algún día explique por qué me fui) con un libro que ya no está conmigo, pero que llevaré siempre dentro, porque es de esos que se te meten en el cuerpo por los ojos, los respiras, se cuelan en tus venas y ahí siguen, dando vueltas por tu organismo una y otra vez.

'Cuentos de Eva Luna', 23 mujeres y un alma llena de escamas
En otra vida quiero ser una mujer de Isabel Allende. Una de esas mujeres que viven, a veces su vida a veces su destino, con intensidad, con pasión, con decisión... De esas mujeres que viven la vida desde las entrañas, de esas mujeres que pueblan las páginas de los 23 'Cuentos de Eva Luna', una delicia que me ha recordado por qué me gustaba tanto la Isabel Allende de los principios, la que llenaba sus palabras de magia y sus frases de emociones.

'Martin Eden', el aprendizaje
La noche en la que Martin Eden conoció a Ruth fue el principio de su fin. Pero decir eso es adelantarse más de 400 páginas en esta subyugante novela de Jack London en la que la naturaleza y el mar (la Mar), sus pasiones, están sin estar. Una novela que llevaba años deseando leer y que disfruté hace unas semanas entre sol, sal, algas y arena. En esta historia la aventura se intuye, se recuerda, se huele, pero, en realidad, todo ocurre en la civilización, entre cuadros y libros y trajes y cordialidad y enfrentamientos velados y estrictos modales y prejuicios y conflictos de clase.

'Hombres buenos', regreso a las tardes de uniforme y libros de aventuras
He vuelto. He regresado de París. De la España de fines del XVIII. De un viaje, más bien una misión, lleno de peripecias y peligros. He regresado de todos ellos. Pero sobre todo he vuelto de un lugar y un tiempo mucho más lejano. He vuelto de las lecturas de infancia. De aquellos libros de aventuras en los que me sumergía algunas tardes, aún con el uniforme del colegio pero descalza, para creerme por un rato viajera, pirata, científica, diosa griega, marinera, reina, guerrera, espadachina, mosquetera, princesa, niña demasiado curiosa, heroína, hada, hechicera...

@Martatorresmol

'Trilogía del barLume', los abuelos detectives de Marco Malvaldi
Seguro que todos conocéis un bar de pueblo en el que un grupo de abuelos se reúne para jugar a las cartas. O al dominó. Un grupo de abuelos que siempre se sientan en la misma mesa, que tocan las narices al camarero, que se meten donde no les llaman y que, a pesar de todo eso, sin ellos ese bar no sería lo mismo. Bien, pues en esta trilogía del italiano Marco Malvaldi el pueblo es Pineta, el establecimiento es el BarLume, el divertimento son las cartas (crímenes a un lado), el sufrido camarero es Massimo y los abueletes son Ampelio, Aldo, Rimediotti y Del Tacca.

'El copartícipe secreto', el capitán y su doble
"El gran logro de Conrad es haber transformado la experiencia de su vida marinera en metáfora convincente de la existencia humana". Así lo asegura Jules Cashford en 'Joseph Conrad: homo duplex', el pequeño ensayo que cierra 'El copartícipe secreto', de Joseph Conrad, una frase con la que no puedo estar más de acuerdo. Porque da igual dónde estén ambientadas y quiénes sean los protagonistas de sus obras, siempre tienes algo a lo que agarrarte. O que te agarra. No sé cuántas veces he leído 'El corazón de las tinieblas'. Al menos, que recuerde, cinco. Y ninguna de esas cinco veces leí el mismo libro, aunque recorriera con los ojos las mismas palabras.


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