sábado, 15 de abril de 2017

'Demonios familiares', la última historia de Ana María Matute


Me enamoré de las palabras de Ana María Matute, de su forma de contar, de la niña que seguía viendo escondida en los márgenes de sus páginas a pesar de que ya entonces era una señora de edad venerable, cuando apenas era una adolescente y la descubrí con 'Olvidado Rey Gudú'. Una novela que me tuvo completamente absorta, apartada del mundo, durante una semana del verano de 1996. Tengo ese libro grande, mastodóntico, gigántico (en sentido literal y espiritual) siempre a la vista, en una vitrina del salón en la que comparte espacio con las obras de mi adorado Terenci Moix y algunas otras novelas inolvidables de aquel verano en el que me adentré definitivamente en la adultez ('Trainspotting', 'Drácula', 'Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros', 'La hoguera de las vanidades'...). Me enamoré aún más de sus frases y sus personajes con cada uno de sus libros que fueron cayendo, como ansiadas gotas de lluvia, en mis manos y en mi alma lectora. A Matute la leo siempre en mi orejero, enrollada en mi propio cuerpo, con menos luz de la que debería. No concibo leerla de otra manera. Ni en público. Ni en la playa. Ni con mucha luz. Ni sentada en un bar con un café con leche tamaño piscina entre mis manos. No. A Matute sólo puedo leerla como la leí aquel primer verano, protegiéndome de aún no sé qué, las rodillas pegadas al pecho, los talones a las nalgas, la oreja derecha a la tapicería, la barbilla a la clavícula...

Hace tiempo que 'Demonios familiares' daba vueltas por casa. Sí, exactamente igual que ese algo que flota siempre en las novelas de Matute y que a veces, sólo a ves, estás a punto de nombrar. Pasaba del montón de libros por leer a la mesa de trabajo, de ahí a la mesilla de noche, al sofá, vuelta al montón, a una estantería cualquiera, de esas que son un maremágnum de libros por leer... Así se ha pasado dos años. Hasta la otra noche. Una noche en la que la primavera echó de menos ser invierno. Y hacía frío. Y soplaba el viento. Y no sé por qué el orejero me reclamó. Y me senté en él huérfana de libro. Y me acurruqué. En su suave y ajada oreja. Abrazada a mis rodillas con una mano. La otra rozando la cumbre de una de las muchas pilas de libros con el mismo placer con el que peino el flequillo del mar cuando tengo ocasión. Y ahí estaba, esperándome, esa historia, la de la nunca novicia Eva, el siempre dispuesto Yago, el Coronel con su eterno rictus de severidad, Madalena y su sabiduría fraguada en cocinas y planchas... Una historia que debía ser una segunda parte de la maravillosa 'Paraíso inhabitado' y que, al final (sí, de verdad era el final), decidió ser algo completamente diferente.

'Demonios familiares' refleja una estampa (bien pensado, no creo que sea una historia), un momento, un cuadro en el que pasan cosas y en el que los personajes cobran vida pero se escapan por el marco, lo atraviesan y no puedes ver qué les ocurre, cómo siguen, qué sienten... El marco, la involuntaria última página, ésa que no debía serlo, ésa tras la que seguía la historia que Ana María Matute no pudo terminar. A la izquierda del cuadro, el Coronel, en su silla de ruedas, ve reflejado en el espejo cómo arde el convento en el que ingresó su hija, Eva, y envía a toda prisa en el tílburi a buscarla. En el centro de la estampa está Eva, feliz de reencontrarse con sus vestidos bonitos y su ropa interior de seda y los guisos y el cariño de Madalena y de retomar su amistad con Jovita, la hija del farmacéutico, con mucho miedo y un gran secreto y enamorada de un piloto desaparecido. A la derecha aparece Eva, feliz por una revelación familiar, enamorándose, en un desván en el que bebe whisky y se esconde un soldado herido. El borde derecho del lienzo está desvaído. Pinceladas largas que desfiguran los personajes, que huyen, que siguen viviendo más allá del marco de un cuadro que Ana María Matute ya había pintado. En su mente. No hubo tiempo para el lienzo.


"Algunas noches el Coronel oía llorar a un niño en la oscuridad. al principio se preguntaba quién sería, puesto que hacía muchos años que en la casa no vivía ningún niño. Solo quedaba, en la mesilla de noche de Madre, una fotografía sepia, una sonrisa transparente y errática -quién sabía ya si de Madre o del niño-, flotando en la noche, como una luciérnaga alada".

Título: 'Demonios familiares'
Autora: Ana María Matute
Editorial: Destino
Páginas: 184
Precio: 19€
Procedencia: regalo

miércoles, 12 de abril de 2017

La rebelión de las camareras de piso



@Martatorresmol

Marta Torres Molina | Diario de Ibiza (04/12/2016)
Quince camareras de piso, Kellys, como se han autodenominado en la lucha por unas condiciones laborales dignas, aguardan frente al edificio de los sindicatos. En un primer momento, se muestran un tanto cautas a hablar, pero cuando se les garantiza que no se publicarán sus nombres, se relajan. Y se sueltan. Tienen ganas de hablar. De denunciar su día a día, lo que sufren mientras sacan brillo (físicamente) a la hostelería de Ibiza. Son quince, pero la voz es la de una sola, porque las historias, no importa el hotel ni la categoría, son calcadas.

«No nos pagan las horas extras», afirma una, la primera en atreverse a hablar, un comentario que actúa como pistoletazo de salida. Las voces y comentarios se solapan. Están juntas. Unidas en una misma lucha. Por ellas mismas, por sus derechos y por su dignidad como trabajadoras.
Parecen sacudirse los miedos unas a otras. Una apunta: «Nos prohíben dar parte a la mutua cuando tenemos un accidente en el trabajo. Dicen que tenemos que ir al hospital». «Así se ahorran la investigación», continúa otra. «Si estás contratada hasta las tres, no acabas hasta las cinco. El seguro no cubre lo que te ocurra en esas dos horas», continúa una tercera haciéndose oír por encima del barullo que se ha formado mientras esperan la reunión con la eurodiputada de Izquierda Unida Paloma López.

Todas, las quince, aseguran que hacen horas extras que no les pagan ni les devuelven en tiempo. La mayoría están contratadas para menos horas de las que en realidad hacen. Eso sin contar el tiempo extra al que se ven obligadas si quieren mantener sus puestos de trabajo. Ninguna de ellas ha notado los efectos de la buena temporada ni del incremento de las plazas hoteleras de cuatro y cinco estrellas. En el sueldo, porque sí lo han notado en otros aspectos. Han tenido mucho más trabajo. Y más complicado. A lo que los hoteleros llaman habitaciones «premium» algunas las llaman, irónicamente, «bombones».  (Seguir leyendo)


lunes, 3 de abril de 2017

'La mirada de los ángeles', regreso a Fjällbacka


Descubrí Fjällbacka hace un par de años, por un regalo de cumpleaños que no esperaba. Quizás por eso, por los recuerdos que me evocaba (y porque sólo leo novela negra en determinados momentos) me ha costado tiempo volver a una novela de Camilla Läckberg. Y todo para descubrir que la estructura de 'La mirada de los ángeles' es la misma que la de  'El domador de leones', el otro libro suyo que leí durante un viaje a Praga: un suceso que acaba de pasar enlazado con uno o varios crímenes del pasado, el relato actual alternado con páginas que cuentan la historia de hace años o incluso décadas y la relación entre la escritoria Erica Falck y Patrick, su marido policía, en la que se alternan el cariño, las discusiones por el hecho de que Erica siempre anda metiendo las narices más allá de lo que la policía considera apropiado y la preocupación de Patrick porque, en algún momento cercano al final de la trama, la escritora se pone en peligro. Igual hay otros libros de la serie en los que no es así, pero qué casualidad que haya ido a dar con los dos que son calcados. La fórmula funciona, visto lo que se leen sus novelas de la serie 'Los crímenes de Fjällbacka', que lleva ya más de diez entregas publicadas. Pero a mí me ha aburrido. No la historia, que te atrapa y que se lee rápido y te permite especular sobre quién será el asesino (a poco que hayas leído se intuye fácil). Tampoco por los personajes, que tienen entidad y puedes visualizarlos de forma fácil. No por el ambiente, que está bien descrito y te hace meterte de lleno en esas casas de madera en las que siempre hay café caliente y bollos de canela caseros (se me hacía tanto la boca agua que una tarde dejé de leer para preparar rollos de canela). Creo que me aburrió por la estructura. Porque leía esta historia en la que un matrimonio intenta superar la muerte de su hijo volviendo a Fjällbacka, a una casa abandonada en una pequeña isla, en la que hace décadas desapareció toda la familia que regentaba en ella una escuela prácticamente militar, y no podía dejar de pensar en las chicas desaparecidas y convertidas en muñecas vivientes de 'El domador de leones'. Esa sensación de que si cambiara los nombres y alguna cosa más, acabaría topándome con la misma historia... Ha podido conmigo. Me temo que con la novela negra actual -recalco, actual- me pasa lo mismo que con las comedias románticas: me apetece leer alguna de vez en cuando, para desintoxicarme, pero como lea dos más o menos seguidas, o del mismo autor, me parecen todas iguales.

"Habían pensado aliviar el dolor reformando la casa. Ninguno de ellos estaba seguro de que fuese un buen plan, pero era el único que tenían. La otra opción era dejarse consumir."

Título: 'La mirada de los ángeles'
Autora: Camilla Läckberg
Traductora: Carmen Montes Cano
Editorial: Maeva
Páginas: 448
Precio: 20€
Procedencia: biblioteca

viernes, 31 de marzo de 2017

'Moby Dick', todos tenemos nuestra ballena blanca


Hay momentos en los que la cabeza no me da para más. Mi cerebro anda inquieto, huido, desobediente más allá de los límites que marcan las páginas del diario y su incierto horario laboral. Incapaz de concentrarse en la lectura. Paso las páginas y las palabras se escapan por los agujeros de queso emmental de mi cerebro. Da igual las veces que dé la vuelta y emprenda de nuevo el camino de frases. Todas huirán de nuevo. No vale la pena luchar. Sólo releer. Volver a historias ya vividas. Y esperar a que la concentración díscola regrese. Releer... Releer nunca es leer el mismo libro. Él sigue siendo el mismo, cierto. La misma historia. Las mismas palabras. Pero tú, no. Así, en esa especie de naufragio mental, volví de nuevo a 'Moby Dick', de Melville. Volví a embarcarme en el Pequod. A ponerme a las órdenes de Ahab. Secuestrada en su locura de dar caza a Moby Dick. Su leviatán. Su monstruo. El que hace años masticó su pierna. Y es en esa encalladura en mi viejo orejero cuando leo claro. Más allá de la aventura, del mar, de las descripciones de ballenas, de marinos y marineros, del peligro, de la incertidumbre, de los arpones, de los cabos, de las olas, del ambiente opresivo del ballenero, de la persecución...

Soy Ahab. Todos lo somos. Todos tenemos una ballena blanca. Un monstruo que casi nos devoró una vez y que nos empeñamos en que siga ahí, dispuesto a acabar de nuevo con nosotros, quién sabe si de forma definitiva. Moby Dick está ahí sólo porque la perseguimos, porque nos armamos de lo que creemos valor (y de fuerzas y de hombres, y de un arpón templado en sangre de tres arponeros...) y salimos a buscarla. Moby Dick nos mira con su ojo inyectado en sangre y pasea bajo nuestro casco, haciéndonos ver que puede lanzarlo por los aires de un golpe de cola, porque nos hemos plantado frente a ella. Hemos recorrido medio mundo siguiendo su rastro. Hemos, incluso, cruzado el Cabo de Hornos, nuestro propio Cabo de Hornos, para dar con ella. El mar nos ha advertido. Nos lo ha puesto difícil. Nos ha dado señales. Ha hecho todo lo posible para disuadirnos de la caza del monstruo. Pero nosotros, temerarios y cegados, hemos ignorado todos los avisos y así, con más ansia que cabeza, con más obsesión que fuerzas, hemos acabado encontrando al leviatán y hemos iniciado una batalla. Un infierno de tres días. De sólo tres días. De tres larguísimos días. Depende. Una lucha, tu lucha, la que has buscado, la que has perseguido, la que has deseado. Que vuelve a devorarte donde ya lo hizo la otra vez. Ésa a la que el monstruo te dejó sobrevivir, llevándose una parte de ti que sientes, que te duele, que alimenta tu obsesión. Un pedazo que ya forma parte de la ballena, que vuelve a reclamarlo aunque te falte, aunque lo hayas reemplazado por una pieza que creías más dura, casi indestructible. Pero tú, que te creías Ismael, eres Ahab. Tú has buscado al monstruo, a tu monstruo. Tú lo has encontrado. Tú lo has sacado de las profundidades. Tú te has ofrecido a él. Y no siempre se sale bien de la caza de una ballena blanca. Especialmente si es tu ballena blanca.

"Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación".

Título: Moby Dick
Autor: Herman Melville
Traductor: José María Valverde
Editorial: Planeta
Páginas: 288/288
Precio: 5€
Procedencia: comprado

martes, 28 de marzo de 2017

Irantzu Varela: "El amor es el gran espacio de desigualdad para las mujeres"



Una de las cosas que más agradezco de este amado oficio mío es la posibilidad que me brinda de conocer a gente con la que hablar de temas apasionantes. Con Irantzu Varela, periodista especializada en feminismo y directora del documental 'Él nunca me pegó', tuve una de esas conversaciones que tienes que cortar porque te tiene que dar tiempo a transcribirla, editarla y, a ser posible, no salir muy tarde de la redacción. A veces cuesta encontrar un titular a una entrevista porque nada te parece contundente. Tengo la costumbre, cuando edito entrevistas, de abrir cajas de texto del titular a la izquierda de la página e ir poniendo frases que me gustan. Ayer tuve que escoger entre muchas: "El sistema nos necesita sumisas", "El machismo es una apuesta política", "El machismo se adapta a los tiempos"... Finalmente escogí "El amor es un espacio de desigualdad", porque sí, porque por mucho que sepamos cómo están las cosas, nos cuesta despegarnos de la idea del amor romántico, que no nos hace ningún bien.


Marta Torres Molina | Diario de Ibiza

¿Por qué hay que deconstruir el amor romántico?
Porque aún hoy el amor romántico es un espacio de desigualdad para las mujeres. A la mitad de las mujeres asesinadas en el mundo las mata su pareja o expareja hombre. Lo que debería ser un espacio de cuidado y respeto se convierte en un espacio de control y violencia. Tenemos que aprender a querernos de forma igualitaria.

¿Es posible darle la vuelta?
Sí, está clarísimo que vamos avanzando. No creo que ahora haya más violencia, hay más conciencia, se denuncia más y se tolera mucho menos. Antes teníamos una cultura que legitimaba aún más la violencia contra las mujeres, eran los trapos sucios que se lavaban en casa. Ahora hay más conciencia en la sociedad, las mujeres ni aguantamos ni toleramos lo que no se debe y cada vez hay una comunidad mayor de mujeres que luchan por derechos de todas.

¿No se le ponen los pelos de punta al ver que los adolescentes reproducen los mismos roles?
Sí. Que la desigualdad y el machismo están relacionados con la edad y generaciones pasadas es un falso mito. El machismo es una forma de pensar que se adapta a los tiempos. Por eso tratamos el tema del amor, porque ahora es el gran espacio de desigualdad de las mujeres. Hemos conquistado cierta igualdad legal y formal, pero en la vida privada sigue habiendo mecanismos para mantenernos en segundo plano, sumisas. Me llama la atención que gente muy joven piense que el control o los celos son amor. Pero también encuentro gente muy joven con pensamientos avanzados. Son muestra de que se están consiguiendo muchas cosas.

Es usted optimista, veo.
Si no, no sería feminista. Tiene que haber una transformación social y la va a liderar el feminismo.

¿Por qué nos aferramos a esa idea del amor romántico?
Se nos impone constantemente que el amor sea nuestro proyecto vital fundamental. Hay que estudiar y trabajar, pero lo que de verdad se espera es que encontremos un marido, un hombre más alto, que gane más dinero que nosotras, con el que tengamos criaturas y nos hagamos fotos en Navidad. Eso está mucho más inoculado en nuestro interior de lo que pensamos. Se nos ha enseñado a querernos en función de lo que nos quieran. Y para que nos quieran... (seguir leyendo)




jueves, 23 de marzo de 2017

'El arte de la guerra', arte para la guerra diaria


Leído. Releído. Vuelto a leer. Una vez y otra. Regalado no recuerdo las ocasiones. Un imprescindible. Un libro al que volver constantemente. Buscarlo en su estantería (a veces me cuesta, porque voy regalando los míos y no siempre recuerdo el lomo del actual) abrirlo por cualquier página y leer una de las frases. Dos, como mucho. Sentarme en el orejero con las piernas cruzadas, las páginas apoyadas en mi pecho y pensar. Porque eso es lo que te pide cada una de las sentencias que Sun-Tzu (no está claro quién fue o si fue una persona o un colectivo) plasmó en 'El arte de la guerra', que pienses en ellas. Se concibieron para la guerra, para ejércitos que luchaban cuerpo a cuerpo en escenarios complicados con generales que cambiaban su estrategia en cada combate y en cuyas filas contaban con antiguos enemigos y que se veían obligados a sacrificar sus bienes para que el adversario no se hiciera con ellos. Sí, esas sentencias se crearon y se juntaron para la guerra, pero... ¿Cuántas guerras luchamos cada día? 'El arte de la guerra' sirve también para esas pequeñas o grandes batallas que libramos constantemente, contra otros, contra algo, contra nosotros mismos... Por eso de vez en cuando busco mi ejemplar, y lo abro por donde sea, da igual, y leo un par de frases. Primero en silencio. Luego susurrándolas. Después con la voz algo más alta. Y entonces las repito en mi interior varias veces, sentada con las piernas cruzadas y las páginas por donde se ha abierto pegadas a mi pecho. Y pienso. Pienso en mi último pequeño combate. Y en cómo esas sentencias leídas al azar podrían derivar en una pequeña victoria. 'El arte de la guerra' te enseña a no malgastar energía, que la mejor victoria es aquella que se logra sin combatir porque te permite conservar todas las fuertas, todas las herramientas y, lo que es más importante, a todos tus hombres. Te enseña a analizar bien el terreno antes de tomar una decisión y que los prisioneros, bien tratados, pueden acabar convirtiéndose en los mejores de tu ejército. Te enseña que si te haces con armas de guerra del contrario debes mantener su bandera, porque así se desmoralizarán; que debes tener buenos espías, ser rápido en las decisiones y no cometer errores, porque ahí, en no equivocarse, está una de las claves de la victoria.

"Todo el arte de la guerra se basa en el engaño.
...la excelencia suprema consiste en someter al enemigo sin luchar.
Si no conoces al enemigo ni te conoces a ti mismo, 
sucumbirás en cada batalla.
Un reino que ha sido destruido una vez, 
ya no puede volver a ponerse en pie.
Si con ello vas a sacar ventaja, avanza; 
en caso contrario, quédate donde estás."

Título: El arte de la guerra
Autor: Sun-Tzu
Editorial: Obelisco
Páginas: 112
Precio: 1,5€
Procedencia: mercadillo

lunes, 20 de marzo de 2017

'La hija de Homero', cuando una princesa convierte lo doméstico en épico

Cuenta una teoría de Samuel Butler que la 'Odisea' no es toda mérito de Homero, sino que una princesa siciliana, nacida dos siglos después, acabó de darle forma a la historia del regreso a Ítaca. Esa princesa, Nausícaa (la que quema los barcos), y esa teoría, son los protagonistas de 'La hija de Homero', del británico Robert Graves (autor de la imprescindible 'Los mitos griegos'), una novela que resulta interesante, divertida y entrañable. Las similitudes entre la 'Odisea' y 'La hija de Homero' son (salvando muchísimas diferencias), más que palpables. Y no sólo porque los protagonistas y el escenario aparezcan en la propia obra de Homero (Nausícaa, hija del rey de los feacios, Alcínoo, y su esposa Arete, encuentra a Odiseo naufragado y su padre, después de que el héroe le relate sus aventuras, le ofrece unas naves para llegar a Ítaca). El personaje de Nausícaa bebe un tanto de esa Penélope desesperada por los aspirantes a casarse con ella y ocupar el trono del rey, su marido... La diferencia es que Nausícaa no tiene que pasarse veinte años destejiendo de noche lo que teje de día para evitar el matrimonio forzado y que es bastante más combativa. La princesa es un bombón de personaje. No me extrañaría nada que Lindsay Davis se hubiera inspirado en ella a la hora de trazar a la romana Flavia Albia. Nausícaa es inteligente, lista, culta, divertida, irónica, combativa, mandona y bella. Es ella la que toma las riendas de la familia y del poder cuando su padre se marcha de la isla en busca de su hijo mayor y heredero, Laodamante, que un año antes se embarcó, azuzado por su caprichosa mujer, Ctimene, para conseguirle un collar de ámbar que eclipsara todos los demás collares vistos nunca antes en Sicilia. Ella es la primera que sospecha que detrás de la desaparición de Laodamante hay una conjura para usurpar el trono y la primera que decide estar alerta, fijarse en los detalles, descubrir quiénes están con su familia y quienes son los que pretenden, a no muy largo plazo, someterlos o matarlos. Lo de la observación lo tiene fácil, ya que 120 pretendientes que aspiran a casarse con ella (entre los que se cuentan sus enemigos), ocupan el patio del palacio, donde duermen, beben y comen, esquilmando, poco a poco, los rebaños y la despensa del rey. Nausícaa, a diferencia del resto de mujeres de palacio, no está dispuesta a resignarse a casarse con uno de los asesinos de su sangre y a vivir como reina consorte de la isla que un día fue de su familia. Cómo, haciendo caso a esa teoría, Nausícaa acaba metiendo su mano en la 'Odisea', obra que admira y a la que hace referencia constante durante la novela, para convertirla en un relato más humano, doméstico y de relaciones que la original, se revela al final del libro, en los últimos párrafos, pero eso es lo de menos. No es uno de los valores principales de 'La hija de Homero', donde lo que destaca son los personajes, la historia clásica, las alusiones a la mitología y unos diálogos medidos, en su estructura, en sus palabra y en su tono, para que de verdad

"Una desdichada tarde, hace tres años, cuando hacía aún muy poco tiempo que mi hermano Laodamante estaba casado, comenzó a soplar el viento que llamamos siroco y una enorme nube se echó pesadamente sobre los hombros del monte Erix. Como de costumbre, se agostaron las plantas de mi jardín, mi cabello perdió sus rizos y todos se volvieron quisquillosos y pendencieros."

Título: 'La hija de Homero'
Autor: Robert Graves
Editorial: Edhasa
Páginas: 384 
Precio: 1,5€
Procedencia: mercadillo

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...