jueves, 23 de febrero de 2017

Siempre vivirás en mi corazón


@Martatorresmol

Aún recuerdo la primera vez que te vi. Una adorable bola de pelo negro que daba pasos torpes y vivaces y arrastraba su barriga de cachorro por el suelo. Te quise al instante. Me enamoré. Conté los días hasta que por fin llegaste a casa. Hace mucho que olvidé  todo lo que destrozaste con tus juegos y las veces que pensaste que podías pasear solo y me tuviste horas buscándote. Sólo recuerdo las veces que jugamos con la pelota, tu cara de desconcierto cuando te lanzábamos más de una, las veces que te escondiste entre mis piernas, asustado por cortacéspedes, tormentas o petardos, los paseos por la playa, las lecturas al sol con tu cuerpo pegado a mis piernas, los saltos de alegría cuando volvía de algún viaje, los gruñidos reclamando comida de mi plato, la forma en que te ponías de escudo, a mis pies, cuando un desconocido se paraba a hablar conmigo, tus cabezazos en mis rodillas, tus enfados con el secador y con las naranjas que confundías con pelotas de tenis y con los globos que explotaban cuando les hincabas los dientes, tus tirones a mi parka para volver a casa porque llovía y yo me empeñaba en sentir las gotas de lluvia, cómo cerrabas los ojos cuando te rascaba entre tus orejas caídas, lo poco que te gustaba tener que salir del mar, tus toques con tus zarpas en mi cara cuando dormía más de la cuenta y se pasaba la hora del primer paseo del día y tu sueño fingido cuando tocaba pasear antes de la salida del sol. Han pasado más de tres meses desde que te fuiste para siempre, después de catorce años juntos, y sigo acordándome de ti todos los días. Me duele llegar casa y no escuchar tus pasos perezosos al oír la llave. Echo de menos el peso de tu cabeza en mi regazo mientras leo, tus carreras detrás de la pelota, verte peleándote con la cuerda de colores, tus intentos por cruzar la puerta invisible de la cocina y el suave desequilibrio de tu corpachón pegándose a mis piernas cuando nos parábamos delante de casa a ver el mar. Siempre vivirás en mi corazón.

lunes, 20 de febrero de 2017

'Nos vemos en esta vida o en la otra', el 11-M


@Martatorresmol


El 11-M. Las 191 vidas sesgadas. Y todas las que quedaron destrozadas para siempre. La sensación de inseguridad plantada de por vida en el país. Eso es, seguramente, lo que recordamos la mayoría de aquel fatídico 11 de marzo en el que nos pasamos la mañana entre el horror por lo que había pasado y la necesidad de saber quién estaba detrás. 'Nos vemos en esta vida o en la otra', del periodista Manuel Jabois, vuelve al 11-M, bueno, no al 11-M, a un tiempo antes, al tiempo en el que empezó a fraguarse el atentado. A cuando los explosivos viajaron de Asturias a Madrid. A cómo unos delincuentes comunes que apenas tenían dónde caerse muertos acabaron ayudando a los terroristas a acabar con la vida de 191 personas aquella mañana. El libro de Jabois no es una novela, es un reportaje de más de 200 páginas que se lee con avidez. Es un reportaje tan bien trenzado que parece una novela. Es aséptico, limpio casi. No le hace falta cargar las tintas. Los hechos hablan por sí solos. Es lo que tiene el buen periodismo, que te planta los hechos delante de los ojos con tanta contundencia que no necesita adornos. El hilo de este libro es Gabriel Montoya Vidal, apodado Baby y al que la prensa puso el mote de El Gitanillo, primer condenado por los atentados y el único menor implicado. Él es el guía del que se sirve Jabois para explicar cómo llegaron los explosivos a Madrid y cómo, después, se produjeron las detenciones. A través de Baby conocemos su entorno, en el que abundan los delincuentes comunes, las malas influencias, la violencia, las drogas, las traiciones, las mentiras, cárceles... A través de Baby vemos a los terroristas. Y su comportamiento. Y las detenciones. Y las huidas. O intentos de ellas. Y vemos también la falta de culpabilidad. Causa estupor comprobar que en ningún momento el protagonista, que accedió a hablar con Jabois en 2015, más de un año después de que el periodista le propusiera contar su historia, se siente responsable de lo que pasó aquel 11 de marzo. Eso, sin duda, es lo más escalofriante del libro.

"Una mañana de septiembre de 2003 un repartidor de pollos asados aparcó su moto frente al número 10 de la Travesía de la Vidriera, en Avilés, Asturias. Era un motorista de la empresa Artesa, comidas a domicilio. Tenía veinte años y medía alrededor de 1,75. Un chaval flaquito que se movía como un bailarín de breakdance. Llevaba vaqueros, una camiseta blanca de manda corta y un casco calimero."

Título: 'Nos vemos en esta vida o en la otra'
Autor: Manuel Jabois
Editorial: Planeta
Páginas: 240
Precio: 18€
Procedencia: Biblioteca Vicent Serra i Orvay

sábado, 18 de febrero de 2017

Día Mundial del Asperger. Gey Lagar: "La imagen de un niño solo en el patio es muy dura"


@Martatorresmol

 Gey Lagar, asturiana de 42 años, confiesa que se acercaba a la valla del colegio al que iba su hijo, autista, para ver qué hacía en el patio. Estaba preocupada. Así nació ´Parques y patios dinámicos´, que escribió en 2012, se publicó en 2015 y que ahora usan decenas de centros educativos de toda España para prevenir el acoso escolar y favorecer la inclusión de los alumnos con más problemas para relacionarse.

- Suena la campana del patio y los niños salen contentos al recreo. ¿Para otros niños ese sonido anuncia uno de los peores momentos del día?
- Sí. Que suene la campana ya es un elemento que, sensorialmente, puede molestar a los niños con algún trastorno del espectro autista. Después están las carreras del resto de compañeros, ese movimiento, esas risas que acompañan al patio. Ellos no saben interpretarlo como algo positivo. Nadie les explica para qué es el patio. Nadie les da esa oportunidad.Cuando se lo explicas, esto cambia: hay que explicarles para qué sirve el recreo y darles herramientas para disfrutarlo.
- ¿Para qué sirve el patio? ¿Y cómo se lo explicamos?
- Pues sirve para merendar, para comerse las galletas, para recuperar energía, para pasear un poquito... Pero también para compartirlo con los compañeros y sus juegos. En los patios dinámicos lo que se busca es que estos niños sientan que son capaces de participar y jugar y, al mismo tiempo, que el resto vean que estos pequeños también están ahí, existen y pueden participar. En el aula más o menos hay un clima de respeto. Ese niño necesita un apoyo, un refuerzo, y, si lo tiene, va bien. Pero en el patio todos los niños se van a jugar y el que se queda atrás, se queda atrás, nadie hace nada.
- ¿El patio es la selva?
- Para ellos, sí. Y para muchos otros. De hecho, la idea de los patios dinámicos está pensada para una gran diversidad de perfiles: hiperactivos, niños con trastornos específicos del lenguaje, con problemas auditivos, con dificultades visuales, para los que son muy tímidos, los que vienen de otras culturas... Busca la unión. Cada uno es como es, vamos a darle un espacio y tenderle una mano para que participe.
(seguir leyendo)

martes, 14 de febrero de 2017

Todos los días...


@Martatorresmol

Se ajustó con mimo la corbata. No era su favorita, pero sabía que a ella le gustaría. Pasó la palma de la mano por la manga. Era un buen traje. Ya lo era cuando lo compró, hace años. Era un buen traje, pero tenía algunos brillos y la tela adelgazaba día a día. No podría seguir usándolo mucho más. Y era el único que podía ponerse. Tenía muchos en el armario, pero sólo éste, tras espantar el olor a naftalina, le servía. Suspiró, no sin cierta preocupación, con la vista fija en los puños de la chaqueta. Si alguien se fijaba, su aspecto cansado no le pasaría por alto. Antes de salir echó mano al sombrero, que había rescatado de un altillo, donde llevaba mucho arrumbado, y se miró al espejo. Algo anticuado. Pero elegante. Seguía teniendo buen porte, los años le habían respetado eso. Y la picardía que su mirada aún no había gastado casi hacía olvidar las profundas arrugas que surcaban su rostro. Salió de casa. Rumbo al mismo lugar de cada día. Por las mismas calles. Con la misma ilusión y la misma pesadumbre que, desde hacía meses, le animaba y le condenaba a arrastrar los pies.

La vio desde lejos. Detuvo sus pasos unos instantes para admirarla. Ahí estaba, en el mismo banco de todos los días. Su melena blanca, con ese flequillo rebelde al que nunca había querido renunciar, perfectamente peinada. Aún estaba lejos, pero casi podía olerla. Esa embriagadora mezcla de laca, crema de violetas y una colonia fresca, casi marina. Buscó la alianza en su dedo, le dio varias vueltas antes de quitársela y guardarla, maquinalmente, en el bolsillo más cercano al corazón, sobre el que se dio varias palmadas. Casi animándose a sí mismo.

Se acercó, decidido. Le sonrió. Con los labios. Y con los ojos. Señaló la esquina vacía del banco con el sombrero. Ella asintió. Entre curiosa y tímida, su mirada oscilando entre el elegante caballero y el estanque cercano. Él no dejó de mirarla. Ni un segundo. Se presentó. Ella rió. Le tendió la mano, que él se llevó a los labios. Ella le dijo su nombre. Él piropeó su flequillo rebelde, su risa, sus ojos huidizos y su olor a laca, a violetas y a mar. Ella se sonrojó. Él restó centímetros a la distancia que les separaba. Le pasó un dedo por la mejilla. Ella alabó su corbata. Su mirada pícara. Su voz. Él le cogió la mano, jugó con sus dedos y, sin dejar de mirarla, le preguntó si creía en el amor. Ella rió la ocurrencia, era demasiado pronto para contestar a eso. Le preguntó si estaba casado. Notó el calor del anillo en su pecho y le contestó, serio, que sólo se imaginaba casado con ella.  Él recorrió con un dedo la cara interna de la muñeca. Y besó luego, como un suspiro, la misma piel que había acariciado. Él se levantó del banco y se puso el sombrero. Ella le preguntó si le vería otro día. Él le contestó, con el corazón encogido, que todos los días.

Se alejó. El paso cansado. Recuperó la alianza del bolsillo. Volvió la vista al banco justo a tiempo de ver cómo una enfermera la ayudaba a levantarse y le tendía el brazo para dirigirse al interior de la residencia de ancianos. Se despidió de nuevo de su mujer, para sí. Hasta mañana, pensó. Hasta que volviera a acercarse al banco, sonreírle, señalarle la esquina vacía con el sombrero, presentarse, llevarse su mano a los labios, piropear su flequillo rebelde…

sábado, 11 de febrero de 2017

La India (I): La mujer del asfalto y los niños de las chocolatinas

Fotos: Marta Torres Molina

La India,
27 de diciembre de 2010,
De Delhi a Agra.

Unas enormes manos colgadas en la pared del aeropuerto, hablando con sus gestos de metal, son lo primero que veo de la India. Lo primero que siento es el calor. Y algo mullido bajo mis pies. Una moqueta que hace demasiado tiempo que perdió la cuenta de los pasos que la recorrieron. El barullo de voces y brazos levantados frente a la puerta de llegadas me adelanta lo que me espera los próximos días. Barullo. Voces. Brazos. Tras apenas unos metros andando me doy cuenta de que deberé acompasar mi paso, demasiado rápido, al ritmo de la India, un país al que llego invitada para una boda y que apenas tarda media hora en mostrarme su cara más cruda.



Pasan de las dos de la madrugada y en la carretera, a oscuras, alumbrada por un anoréxico foco, una mujer asfalta, a mano, la vía. A su lado, agachado, ayudándola, un niño que no debe tener más de cuatro años. Amarrado a su espalda, tranquilo, un bebé que parece dormir. Me rebelo contra esa escena, contra esa realidad... Respiro hondo. Esto es la India. Esto es lo que voy a ver durante los próximos días. Una y otra vez. La India es así, dura, y sincera, me muestra desde el primer momento lo que es, no me engaña. Y no me deja más opción que asumirla, entenderla y quererla. Sé de muchos que han luchado contra ella desde que pusieron un pie en el país, y no lo soportaron. Se marcharon antes de tiempo y prometieron no volver. Todos ellos, de momento, lo han cumplido. Yo nunca podré agradecerle lo suficiente a la familia Aidasani todo lo que viví, lo que vi y lo que sentí, esos días.



La imagen de la mujer con las manos llenas de alquitrán me vuelve a la retina con fuerza cuando llegamos al hotel. A sus habitaciones frescas. A su agua helada. A sus diarios colgados en el pomo de la puerta. A sus pétalos de rosa en la bañera. Y a sus sábanas suaves entre las que duermo un par de horas antes de despertarme, al amanecer. Tenemos muchas horas de carretera por delante. La cafetería del hotel huele como en mi memoria no había olido nunca ninguna. Curry, cilantro, cúrcuma, mango, cardamomo, té... Embriaga. Casi marea. Miro mi café con leche, mi tostada y mi fruta fresca y sucumbo. Un trozo de naan, algo de chutney de mango, un poco de salsa de yogur... Algunos me miran con cierto asombro, con reprobación, incluso. Leo en sus miradas. Acabamos de llegar y piensan que me la estoy jugando. Algo, sin embargo, me dice que no. Algo me dice que la India me va a respetar. Y siempre me fío de mi intuición.



La salida de Delhi es desoladora. Las calles de los suburbios están llenas de gente que deambula. Tienen la mirada perdida. No van a ningún lugar. No tienen a dónde ir. Dejarán de caminar cuando estén cansados. O cuando caiga la noche. No son uno ni diez ni cincuenta. Son centenares. Calle tras calle. Una multitud que se diluye así como se estira la ciudad y se suceden las tierras de cultivo y las pequeñas aldeas. Entre el verde de los campos destacan pequeños puntos de color. Rosa, naranja, amarillo, azul, blanco, violeta... Son las mujeres, con sus saris. Ellas están en los campos. Muchas con sus niños a la espalda, como la mujer que asfaltaba. En los flancos de la carretera hay vacas durmiendo, búfalas a la sombra, hombres en cuclillas esperando el autobús, niños trepando por carteles publicitarios, pueblos, casitas descascarilladas con la colada multicolor tendida en el tejado, calles de barro, chabolas, vendedores ambulantes en carros...



El camino a Agra es largo. No en kilómetros, pero sí en sensaciones y en tiempo. La carretera es mala. De doble sentido y con carriles estrechos y transitados a pesar de lo cual los que llevan prisa adelantan después de hacer sonar el claxon. Aquí los bocinazos no son de enojo, son de aviso. Muchos de los autobuses y camiones, lentos y despintados, tan cargados que los conductores no tienen visibilidad, llevan una inscripción en la parte de atrás: "Horn please". Entre camiones decorados con flores y alegres dibujos serpentean infinitas motocicletas en las que lo más habitual es que monten tres personas, o más si viajan niños. Es lo normal aquí. Tres en una motocicleta.


Cruzar las aldeas es una aventura. El tráfico es caótico. Lento. Durante un rato rodamos al paso de lo que parece un enorme carro cargado de forraje. Sólo al adelantarnos descubrimos la sorpresa: tira de la carga un pachorrón dromedario. El camino a Agra es largo. Pero se hace corto si pegas las pestañas a la ventanilla y abres mucho los ojos. Algunos prefieren dormir. A mí me gustaría bajar. En cada pueblo. En cada aldea. Pero entonces no llegaríamos nunca. Yo aún no lo sé, pero la India, ese país crudo y fascinante, ha tomado nota de ese deseo que me atraviesa cada vez que cruzamos una pequeña ciudad.


Hemos salido de Delhi a las seis de la mañana y no llegaremos a las puertas del Taj Mahal hasta poco antes del atardecer. Y por los pelos. Y eso que apenas paramos dos veces. Una para reponer fuerzas con el primero de los muchos chai. Dulce, casi empalagoso, aromático y con esa leche de búfala que descubro suave como la seda. Un té que se abraza a la lengua y al paladar. Otra para estirar las piernas por uno de los muchísimos fuertes rojos que salpican el país. Los más famosos son los de Agra y Delhi. Ellos se llevan la fama. Pero es en estos otros, pequeños y alejados del turismo, por los vale la pena perderse unas horas. No hay hordas de visitantes ni guías con paraguas y micrófonos. Sólo gente de la zona que usa el fuerte como parque.


Hombres tumbados al sol o recostados en los arcos observando la vida, a veces fumando. Algún perro aparentemente perdido. Carreras infantiles de las que los corrillos de madres no despistan la mirada. Gente que te mira a los ojos. Que te sonríe. Que te saluda. Que se acerca a tocar tu pelo rubio, tan exótico en este rincón perdido de la India. Es en estos fuertes donde puedes recorrer largos pasillos cruzados de arcos, palpar las inscripciones en sánscrito sobre la piedra, subir a los miradores, contar las palomas de las cúpulas, sentarte sobre la piedra roja y respirar la calma mientras tomas un par de notas en tu cuaderno antes de retomar el camino a Agra, con una parada inesperada.


Las carreteras de la India son una lotería. Y uno de los mayores ejemplos de corrupción. No es que muchas de las carreteras no estén construidas. Lo están. Sobre el papel. Pero el dinero se quedó en varios bolsillos a medio camino y el resultado es un país surcado de caminos de tierra y escuálidos hilos de asfalto donde debería haber auténticas carreteras. Por eso son una lotería. Abundan los accidentes. Y los reventones, de los que no nos libramos. Es primera hora de la tarde. El sol pica. A nuestras espaldas, varias mujeres y niños trabajan en el campo. Estos últimos nos rodean, curiosos, al cabo de unos minutos. Sonríen mostrando unas dentaduras perfectas, se les ve felices, traviesos, bien vestidos. Las niñas se muestran más espabiladas. Una explica que se llama Sueño, en hindi, y que hoy están en el campo porque no hay colegio. Otra, en un inglés que cuesta entender, consigue hacerse entender: tiene nombre de flor y varios hermanos que juegan al fútbol por ahí cerca.


También se acerca un anciano. Tiene la piel oscura, que se pega a sus huesos, y la mirada despierta. Es del pueblo. Conoce a los pequeños y prefiere quedarse cerca, vigilante, apoyado en su oxidada bicicleta. "No son pobres, tienen todo lo necesario", indica. A pesar de eso, consiente las chocolatinas al ver los ojos ilusionados de los pequeños. Sólo pone una condición: tendrán que repartirlas entre todos los demás. Los niños lo miran, serios. En la India, a los mayores, sean o no de la familia, se les respeta y se les escucha. Todos asienten. La más mayor, obediente, desliza los dulces en una faltriquera. Ella los guardará para luego. para cuando estén todos. El anciano observa el gesto, orgulloso y complacido. Yo lo observo. Admirada. Unos niños guardando unas chocolatinas que se mueren por probar. Para más tarde. Para otros niños. De nuevo en la carretera, mientras el sol empieza a caer y se nota ya el barullo de la cercanía a Agra, le doy vueltas. Al anciano. A los niños. A las chocolatinas derritiéndose en ese bolsillo.



martes, 7 de febrero de 2017

'Los últimos días de nuestros padres', donde los libros deben doler


Hay historias que duelen. Libros que duelen allí donde deben doler los libros. Porque un libro que no duele (o que no conmueve o que no te hace reír, o mejor aún, sonreír, o que no te hace pensar o que no te obliga a mirarte por dentro) es un libro que ha pasado por tus ojos, pero no por ti. Y 'Los últimos días de nuestros padres', de Joël Dicker, es de los que no te dejan salir de él sin una cicatriz lectora más. De los que desearías no haber leído para poder tener el placer de volver a leer, virgen aún de sus páginas. En la primera de ellas, Dicker (impresiona pensar que escribiera esta novela con apenas 25 años) nos sienta en una colina con varios jóvenes, entre ellos el protagonista, Paul-Émile (Palo). Estamos en la Inglaterra de 1940. Fumamos mirando el horizonte. Sabemos que nada bueno nos espera. Que el camino en el que nos hemos visto metidos es harto complicado. Y que si algo bueno llega, será sólo para que duela aún más dejarlo atrás, como aquello que queríamos y a lo que ya hemos renunciado. Ese pitillo en esa colina es un descanso. Palo y otros jóvenes se preparan para una nueva sesión del duro entrenamiento, que no todos resistirán, en un caserón de la campiña. Son futuros integrantes del Special Operations Executive (SOE), una sección de los servicios secretos creada por Winston Churchill para sabotear al enemigo desde dentro. Un entrenamiento en el que se forjarán lazos de amistad inquebrantables, a pesar de la seguridad de que todos tienen a la muerte rondándoles. O quizás precisamente por eso. Y así, la apasionante historia ambientada en la Segunda Guerra Mundial, una historia de espionaje, de tensión, de no saber nunca quién está de tu lado y quién del otro, de miedo, de no poder dar un paso sin pensar en el contraespionaje, de trayectos por la convulsa Europa de los años 40, de documentos secretos, de asesinatos y detenciones y torturas es también una historia sobre la pérdida. La pérdida absoluta. Porque no hay pérdida mayor que la renuncia, la pérdida consciente. Perderse a uno mismo. Perder a los demás. Perder las esperanzas. Y las ilusiones. Perder, en ocasiones, la seguridad de estar haciendo lo correcto. Perder el control sobre tu camino. Perder la capacidad de decisión. Perder amigos. Y al amor de tu vida. Perder la juventud. Y a los padres, Y a los hijos. 'Los últimos días de nuestros padres' es demodelora. Con las horas de sueño. Emocionalmente. La imagen de ese padre, el padre de Paul-Émile, pendiente de las postales de su hijo, ésas que burlan la incomunicación, esperando cada año que llegue a cenar el día de su cumpleaños, duele. Esa imagen constante duele. Donde debe doler.

"Fumaban al amanecer, mientras contemplaban sentados el negro cielo que bailaba sobre Inglaterra. Y Palo recitaba su poema. Al abrigo de la noche, recordaba a su padre.
Sobre la colina donde se encontraban, las colillas teñían de rojo la oscuridad: habían adoptado la costumbre de venir a fumar allí a primera hora de la mañana. Fumaban para hacerse compañía, fumaban para no despertar. Fumaban para olvidar que eran Hombres."

Título: 'Los últimos días de nuestros padres'
Autor: Joël Dicker
Traductor: Juan Carlos Durán Romero
Editorial: Alfaguara
Páginas: 408
Precio: 19€
Procedencia: Biblioteca Vicent Serra i Orvay

viernes, 3 de febrero de 2017

'El motel del voyeur', Talese, el mirón y la duda


@Martatorresmol

'El motel del voyeur', de Gay Talese, es un libro descarnado, crudo, desagradable en muchos momentos. Y a pesar de eso no puedes apartar la vista de él hasta que acabas. Abres el libro, lees las primeras frases, te quedas ojiplática y ya no parpadeas hasta el epílogo. En el fondo, te conviertes un poco en Gerald Foos, el protagonista, porque, igual que él, lo que quieres es saber más de esta historia real que te escandaliza y te asquea. 'El motel del voyeur' no es una novela, es un reportaje. Un libro en el que el maestro Talese explica cómo en 1980 Foos se puso en contacto con él para compartir su gran secreto: en los años 60 había comprado un motel, el Manor House, en Colorado, y había instalado falsas rejillas de ventilación en varias habitaciones para observar a sus clientes desde el desván en un mastodóntico plan para satisfacer su necesidad de observar la vida privada de la gente. Además, Foos le explicaba que durante ese tiempo había llevado un exhaustivo diario de todo lo que había visto. Así que Talese se marchó a Colorado a conocer a Foos, a pedirle que le dejara leer sus diarios y contar su historia. A esto último, el voyeur se negó, ya que Talese le dejó muy claro desde el principio que no escribiría una palabra si no podía publicar su nombre. A pesar de esto, el periodista, que estuvo en el motel y que visitó el punto de observación de Foos, se mantuvo en contacto con él durante años, a la espera de que, algún día, le autorizara a publicar su historia. 

Y ese día, con la edad y la prescripción de los delitos de Foos, llegó en 2016. Y con polémica, no sólo por todo lo que explica el libro, sino porque el propio Talese, una vez publicado y tras una investigación de The Washington Post que puso en duda es testimonio de Foos, renegó del libro y entonó un mea culpa reconociendo que se había fiado de una sola fuente, el voyeur, que había resultado no ser de fiar. Todos los que trabajamos en esto sabemos que muchas veces nuestras fuentes confunden fechas, datos y exageran o esconden detalles. Con intención, a veces, por despiste, otras. Es imposible saber cuál fue el caso de Foos y Talese. En la reedición, el periodista incluyó algunos comentarios en los que pone en duda algunos de los comentarios del diario y que hacen que te plantees cuánto de fantasía y cuánto de verdad hay en esas notas. Independientemente de eso, el libro, que no me parece de los mejores de Talese, te deja patidifusa. 

Evidentemente, hay sexo. Mucho. Pero no es eso lo que te sorprende, eso es algo que das por hecho en un libro que lleva la palabra "voyeur" en el título. En las notas que reproduce Talese hay descripciones muy gráficas de relaciones de todo tipo (heterosexuales, homosexuales, masturbaciones, incestuosas, con prostitutas, con amor, con engaño, con mucho cariño, con hastío, infidelidades, libres, vergonzosas, en grupo...) pero no es eso lo que hace que un escalofrío te recorra la espalda. Es la sensación de que todas esas personas fueron violadas en su intimidad, en esos momentos en los que, con la puerta cerrada y las cortinas echadas, se sentían a salvo de miradas indiscretas. Momentos en los que se quitaban la ropa y momentos en los que se desnudaban. Y ahí estaba Foos, agachado en el desván de su motel, a veces acompañado de su mujer, mirando a través de los falsos conductos de ventilación. Viendo y escuchando conversaciones, discusiones, gestos, llantos e, incluso, un asesinato, que no puso en conocimiento de la policía y que, a pesar de las anotaciones del diario del voyeur, no aparece en los archivos de la policía.  

Lo leí en un par de ratos. Admirada. Asqueada. Todo al mismo tiempo. Descubriendo, página a página, lo que se esconde detrás de un auténtico voyeur. Alguien que nutre su vida de la de los demás. Que se permite juzgar lo que no debería ver, pero no pone en tela de juicio su comportamiento. Que no respeta la intimidad de los demás, pero protege ante todo la suya.

"Conozco a un hombre casado y con dos hijos que hace muchos años se compró un motel de veintiuna habitaciones cerca de Denver a fin de convertirse en su voyeur residente".

Título: 'El motel del voyeur'
Autor: Gay Talese
Traductor: Damià Alou
Editorial: Alfaguara
Páginas: 232
Precio: 19,90€
Procedencia: comprado

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