martes, 23 de agosto de 2016

Rafael Álvarez, 'El Brujo': "En España, los gobiernos tienen miedo de la cultura"



Hay conversaciones que te da pena que acaben, que te gustaría alargar durante horas. Hay gente a la que es una delicia escuchar, que te enseña con cada palabra, con cada frase, con cada reflexión. Rafael Álvarez 'El Brujo' es una de esas personas. Hace poco estuvo en Ibiza, con su obra 'Los misterios del Quijote' (si la tenéis cerca, no os la perdáis, es divertida, inteligente, irónica, cáustica y fabulosa), y fue una delicia poder hablar con él.

Marta Torres Molina. Eivissa
—¿Quién es más misterioso, Cervantes o 'El Quijote'?
—'El Quijote'. La biografía de Cervantes es conocida, pero su obra tiene muchos secreteos escondidos. No es una obra muy conocida.
—Pero todo el mundo lo ha leído.—¡Claro! Porque es como una vergüenza no haberlo hecho.
—¿Cuántas veces lo ha leído usted?
—En 2005, en el cuarto centenario de la publicación de la primera parte, hice un espectáculo. Hasta entonces sólo había leído algún capítulo o esas ediciones escolares reducidas. Probablemente, si no hubiera tenido que hacer el espectáculo, no lo hubiera leído. ¿Usted lo ha leído?
—También soy sincera: no.—Si a nosotros, que somos gente dedicada a la cultura, nos cuesta, imagínese a otros... Pero hay mucha gente que lo ha leído. Y se le nota.
—¿En qué se nota?—En cómo hablan de él. Es impactante el magnetismo de la novela. Tiene algo misterioso, fuerte, y la gente a la que le engancha, queda iniciada en una serie de claves de la cultura española del siglo XVII. Es una filosofía de la vida, una sabiduría poderosa.
—En su caso, ¿qué le enseñó?—Yo he leído 'El Quijote' con una edad, frisaba la edad con los 50, como dice su autor acerca del propio protagonista. Tenía una experiencia de la vida. 'El Quijote' es un libro de experiencia vital y si lo lees cuando has vivido bastante sintetizas y haces un metabolismo de muchas cosas. Le da a la vida otra dimensión. Como decía Jung, un hombre sabio es el que... (seguir leyendo)

martes, 16 de agosto de 2016

'Barba Azul', alquímico, bíblico, cromático...


Barba Azul no es un pirata despreciable. Barba Azul no es sangriento. Barba Azul no atemoriza a sus presas. Barba Azul no es Barba Azul. Barba Azul es Elemirio Nibal y Mílcar. Barba Azul seduce a sus coinquilinas. Barba Azul es un aristócrata español. Barba Azul es aparentemente inofensivo. Pero Elemirio Nibal y Mílcar es Barba Azul. Y Barba Azul siempre tiene un castillo con una alcoba secreta en la que sus mujeres no deben entrar si no quieren que les ocurra algo terrible. Y ahí, en ese castillo (un maravilloso palacete en el centro de París), con una habitación prohibida (un cuarto oscuro de fotógrafo), acaba, de motu proprio, Saturnine. Bella. Belga. Amante del champán caro. Escéptica. Profesora. Segura de que no acabará como las ocho otras coinquilinas del español. ¿Desaparecidas? Así comienza la hipnótica reinterpretación que Amélie Nothomb (mi admirada Amélie Nothomb) escribe del clásico de Perrault. Una versión en la que deseas asistir cada noche a la cena en la que ogro y presa, conocedores de sus papeles, se persiguen, se seducen, se encierran, avanzan hacia el secreto del cuarto oscuro, rodean las historias de las ocho anteriores coinquilinas. Conversaciones regadas con champán en las que nunca faltan la ironía, la cruda sinceridad, referencias al oro, a la alquimia, a la Biblia, al poder de los colores, a la fotografía. Charlas que preceden a un inevitable final. En el cuarto oscuro. Con Barba Azul. Y una botella de Krug-Clos du Mesnil de 1843.


“Cuando Saturnine llegó al lugar de la cita, le sorprendió que hubiera tanta gente. Sospechaba que no sería la única candidata, desde luego; pero de ahí a ser recibida en una sala de espera en la que la precedían quince personas, iba un trecho. ‘Demasiado bonito para ser verdad’, pensó. ‘Nunca conseguiré que me elijan como coinquilina’. No obstante, como se había tomado libre toda la mañana, decidió esperar.”



Título: ‘Barba Azul’
Autora: Amélie Nothomb
Editorial: Anagrama
Colección: Panorama de narrativas
Páginas: 144
Precio: 14,90€
Procedencia: regalo Sant Jordi

jueves, 4 de agosto de 2016

Del Olimpo a las Cícladas*


Corona hecha con la vid / @Martatorresmol

En Santorini, las parras no levantan un palmo del suelo. Crecen enrolladas sobre sí mismas, llenando los campos de coronas verdes en las que las que reposan las uvas. No es capricho, es necesidad. Pegadas al suelo están protegidas del fuerte viento que asola la isla cuando cae el sol. Pegadas al suelo aprovechan más la escasa humedad de la seca tierra de esta isla del Egeo. Esas uvas que crecen besando la tierra dan dos vinos: el famoso, dulce y broncíneo vinsanto y el delicado, fresco y casi transparente vino blanco de la isla que acompaña siempre todas las comidas.

Carpaccio de berenjena blanca con mousse de feta
y pulpo a la brasa con espuma de remolacha.
La gastronomía de Santorini es sabrosa, intensa y sencilla. Como su gente. Nada se disfraza. Los recursos en una isla seca, volcánica, con apenas árboles que rompan su perfil son escasos. Pero suficientes para una comida tan honesta como deliciosa. Los productos del mar son la base de buena parte de los platos. Da igual si son a la brasa, a la plancha, al horno, con pasta, con arroz o con el riquísimo orzo (pasta de sémola de trigo que simula arroz), rebosan de pulpo, sardinas, gambas y calamares.

Vino blanco en la costa Akrotiri, pan de maíz y detalle de la cuenta en Oia.
En los puertos de las principales ciudades de la isla, a los pies de los acantilados a los que dio origen la erupción del volcán, aún puede verse a los pescadores volviendo de faenar o pulpos colgados de ramas y cuerdas secándose al sol. Estampa que a algunos recordará a Formentera. No es la única similitud gastronómica entre las Cícladas y las Pitiüses. Quien pruebe el dakos, un entrante de pan duro, tomate, feta, alcaparras y pulpo o pescado seco, se encontrará, nada más y nada menos, que con la versión helénica de la ensalada de crostes.

Dolmades acompañadas de tzatziki y tomatokeftedes.
Es una de las infinitas maneras de iniciar una comida en las mesas de Santorini, donde, como en buena parte del Mediterráneo, las mesas se llenan de generosos platos que todos comparten. La fiesta empieza con el omnipresente tzatziki (yogur, ajo, pepino, sal, pimienta, aceite y vinagre), la taramasalata (puré de huevas de pescado), las exquisitas dolmades (hojas de parra rellenas de arroz, hierbabuena e hinojo), las tomatokeftedes (albóndigas de tomate típicas de la isla) o la melitzanosalata (ensalada de berenjenas asadas).

Cerveza de Santorini en Oia, salmón marinado y lubina a la brasa con verduras.
También, en el centro de la mesa, se comparten los platos principales. Tomates y pimientos rellenos, sardinas al horno con tomate y orégano, pulpo a la brasa, lubina, cordero con yogur o al limón, gallo al vino, liebre estofada, pasta con pulpitos o la imprescindible musaka, de la que cada casa y cada cocinero tiene su propia receta. No hay dos musakas iguales en toda la isla, donde todas las comidas acaban siempre con el inigualable yogur griego aderezado con miel y nueces y un vasito del digestivo ouzo.

Musaka, verduras rellenas, orzo con pulpo y yogur griego con nueces y miel.
El sabor de los platos de la abuela impregna todas las cocinas de Santorini. Incluso aquellas que, a pie de playa o con vistas al infinito Egeo, han sucumbido al glamour. Incluso los que visten de carpaccio la berenjena blanca de la isla o convierten el queso feta en una delicada mousse mantienen la esencia de la cocina tradicional. Ésa a la que ya hacían referencia los antiguos habitantes de la isla. La erupción del volcán, cuyo cráter se puede visitar en la isla de Nea Kameni, el 1616 antes de Cristo, destruyó la ciudad y cubrió de polvo y lava  frescos y vasijas en las que la gastronomía está muy presente.

Detalle en una vasija y de un fresco conservados en el Museo Prehistórico de Thira.
Recuperados en las ruinas de Akrotiri y conservados en el Museo Prehistórico de Thira, pueden verse dibujos de pescadores cargados con la captura del día y decoraciones de uvas, las mismas que, más de dos milenios después, siguen creciendo pegadas al suelo, dando vida a vinos broncíneos y dulces o dorados y frescos vinos con los que sentarse al filo de la caldera a admirar, entre sorbo y sorbo, cómo acaban los días en el Egeo.

Copa de vino al atardecer en Thira / @Martatorresmol

*Publicado en la edición de verano de 2016 de 'Gastronomía y Restauración'

jueves, 28 de julio de 2016

'El jardín de los dioses', ¿de verdad no puedo ser una Durrell?


Quiero ir a Corfú. Quiero descubrir esa isla griega en la que he pasado tan buenos momentos. No he estado nunca, pero he sudado por sus caminos, comido fruta fresca a la sombra de sus árboles, corrido por la costa, bañado en sus aguas cristalinas y hasta naufragado entre sus amistosas olas de poco más de un metro. No he estado nunca allí, pero me siento tan corfiota como el británico Gerald Durrell, mi gran amigo en esas correrías imaginarias y literarias. Con ‘El jardín de los dioses’ (tercer volumen de la Trilogía de Corfú) he vuelto a ser una niña. Ingenua, curiosa, traviesa, risueña, pícara, sin miedo. Entre sus páginas he vuelto a compartir la desmedida afición del pequeño Durrell por cualquier bicho viviente que no sea humano y he vuelto a reírme a carcajadas con los bretes en los que él y sus hermanos Larry, Leslie y Margo meten a su madre, la adorable señora Durrell, quien se esfuerza en mantener las formas y el pundonor británico en esa isla en la que la familia se refugió de la guerra. Sin mucho éxito, todo hay que decirlo. Entre animales salvajes, invitados sorpresa y enamorados de Margo las ansiadas tranquilidad y cordura de la señora Durrell son pura utopía. Especialmente logrados en esta entrega están las aventuras de los pretendientes de Margo, a los que hace sufrir como la niña malcriada que es en realidad por muy femme fatale que ella se crea; las que viven algunos de los invitados del pretencioso Leslie y la visita del rey Jorge, cuyo paso por la isla seguro que quedó marcado a fuego en su regia memoria. Como los dos anteriores, ‘El jardín de los dioses’ huele a verano. A veranos de infancia. Aquellos en los que todo era sol y mar y aventuras y risas y sorpresas y descubrimientos y animales y encuentros y sal y siestas y celebraciones y manchas y sandía desbordando las comisuras y conciertos de cigarras y el sonido del viento entre los olivos.


“Aquel verano fue pródigo por demás. Diríase que el sol hubiera hecho sacar a la isla todas sus reservas, pues nunca habíamos tenido tal abundancia de frutos y flores, nunca había estado el mar tan caldeado y tan lleno de peces, nunca tantos pájaros habían criado, ni salido mariposas y otros insectos de sus crisálidas para animar el campo con sus colores.”



Título: ‘El jardín de los dioses’
Autor: Gerald Durrell
Editorial: Alianza
Páginas: 280
Precio: 12,95€
Procedencia: regalo


sábado, 23 de julio de 2016

Buika: "La música es un milagro y un misterio"


@Martatorresmol

La conversación con Concha Buika fluye como algunos de sus temas. Empieza calmada, plácida, suave, lenta, susurrante... Y, casi sin que te des cuenta, poco a poco, las palabras te adentran en una charla intensa y profunda, que viaja de su niñez a su futuro, una charla que no está exenta de ese dramatismo coplero que impregna sus temas más desgarradores (esos que me pierden, que tarareo a escondidas y grito en soledad) y que rompe con constantes carcajadas. Una conversación, un regalo, de ésos que duele tener que cerrar, que, si no fuera por el tiempo, el trabajo y el espacio limitado de la página de un diario, ésa que a veces se queda corta y a veces larga, estirarías todo lo posible. Me quedo con el recuerdo de esa charla, en la que eché de menos tener una copa de vino en la mano y no un bolígrafo, y de una noche en la que, aunque ni el escenario ni el equipo de sonido le hicieron justicia, Buika se hizo sentir.

—¿Canta desde la cabeza, la garganta, el corazón, el estómago...?—No lo pienso. Canto desde la sensación primitiva de no tener que pensar en nada. Ni desde dónde, ni en cuándo, por qué... Nada. Desde ahí. Desde el instinto.
—¿Compone desde el mismo sitio?—Depende.
—¿De qué?—¡Uy! De muchas cosas. Del quién, del por qué, del cuándo, del cómo...
—No hay una sola manera.—La música sigue siendo un milagro y un misterio, si no ya la habríamos destruido.
—¿Somos muy de destruir?—Somos humanos y eso comprende muchísimos términos, todos los que existen, de hecho, porque los hemos inventado nosotros.
—¿Se puede crear sin vivir?—Es otro tipo de experiencia que se puede describir en una canción, en un poema, en una fotografía... Crear es la necesidad de seguir. Desde el presidio y desde la incomunicación se crean piezas increíbles por el deseo de la libertad.
—Entonces, para crear lo importante es el deseo de algo.—Sí. Crear no es ni más ni menos que desear. Ahí es donde metemos nuestros anhelos y deseos. Estoy convencida de que la única biblia que tiene el ser humano es su historia artística, y hablo desde mi naturaleza primitiva, desde aquella que ni piensa ni siente ni desea ni sueña ni pretende. La historia la escriben los que ganan, pero una canción, una obra, un poema, un artículo, eso lo escribe quien anhela, quien desea, quien... (seguir leyendo)

miércoles, 20 de julio de 2016

'Ante todo no hagas daño', neurocirugía con corazón


@Martatorresmol

Supongo que ‘Ante todo no hagas daño’, la autobiografía del neurocirujano británico Henry Marsh, no es un libro para cualquiera. Hipocondríacos, alérgicos a los hospitales y aquellos que se marean con la sangre deben abstenerse, sin duda. Y, por desgracia, se perderán una biografía apasionante en la que el eminente médico expone sus éxitos y fracasos, su fortaleza y su debilidad, cómo se muestra seguro con los pacientes y familiares y cómo se desmorona, muchas veces en su sofá rojo, cuando las cosas no salen bien. Reconozco que me daba cierto reparo este libro, recomendado por uno de los médicos con los que trato habitualmente por trabajo. Por las historias, por la terminología, por las operaciones que detalla… Reparo absolutamente infundado. Hay historias que te indignan, otras que te enfadan, algunas con las que no puedes evitar llorar. Decisiones que no entiendes y situaciones que te ayudan a entender algunas decisiones y procesos médicos. Henry Marsh se muestra a sí mismo en el quirófano, donde actúa con precisión y donde, por desgracia, en ocasiones las cosas no salen como esperaban. Se muestra también tranquilizando a sus pacientes antes de una intervención, pedaleando a toda velocidad para atender una emergencia, interrumpiendo la compra en el súper para llegar al hospital, comunicando malas noticias, blasfemando por la ineptitud de sus residentes o la falta de camas o la burocracia o los protocolos que lo complican todo. Marsh explica con una pasión contagiosa los secretos del cerebro. Cómo se abre, cómo se cura, cómo se opera, por qué es el único órgano del cuerpo que no duele. Marsh, a pesar de ser consciente de que es uno de los mejores neurocirujanos del mundo, no es complaciente consigo mismo. Todo lo contrario. Es duro. Se critica. Se confiesa. Reconoce que es ese médico que con un catéter y un microscopio se abre paso en el cerebro y que puede devolver la vista o dejar en una silla de ruedas a su paciente.


“La idea de que mi aspirador avance a través del pensamiento en sí, de la emoción y la razón, de que los recuerdos, los sueños y las reflexiones puedan formar parte de esa gelatina, resulta demasiado extraña como para comprenderla. Mis ojos sólo ven materia. Y, sin embargo, sé que si penetro por equivocación donde no debo, en la zona que los neurocirujanos llamamos el ‘cerebro elocuente’, cuando acuda a la sala de recuperación después de la cirugía para comprobar mis logros, me encontraré con un paciente con secuelas y discapacitado.”



Título: ‘Ante todo no hagas daño’
Autor: Henry Marsh
Editorial: Salamandra
Páginas: 352 
Precio: 19€
Procedencia: comprado


jueves, 14 de julio de 2016

Premio de Periodismo contra la Violencia de Género


@Martatorresmol

Hay sorpresas que no te esperas. Momentos con los que fantaseas pero que no sabes si llegarán. Instantes balsámicos a los que sabes que podrás aferrarte cuando lo necesites. Este año he vivido uno de esos. Y aún no me lo creo. A finales de mayo me comunicaron que había ganado el Premio de Periodismo sobre Violencia de Género, en el apartado de prensa escrita, convocado por la fundación Grupo Norte. Un premio nacional de periodismo. ¡Yo! Temblé mientras me lo comunicaban. Temblé durante días. Y temblé aún más cuando fui a recogerlo y tuve que hacer un pequeño discurso (os lo dejo ahí abajo y más abajo el enlace a los cinco reportajes premiados). Una interesante mañana compartida con las otras premiadas, Laura Otón, de COPE; y Marisol Soto y Carolina González, de TVE.

No me lo creía. Pensaba que lo ganaría algún reportaje publicado en un gran medio. En un medio nacional. Pero no. Valoraron un trabajo hecho con mucha conciencia y mucho mimo en un medio pequeño. Que profesionales como los que componían el jurado (Javier Ojeda, presiente de la Fundación Grupo Norte; Victoria Prego, presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid; Elsa González, presidenta de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España; Monserrat Lluis, subdirectora de ABC; Eva Sáiz, subdirectora de El País; Nacho Cardero, director de Elconfidencial.com; María Luisa Azpiazu, directora de redacción de la Agencia EFE; Óscar Vázquez, director de Noticias de Fin de Semana de Antena 3; Juan Pablo Colmenarejo, director y presentador del programa La Linterna de la COPE; Myriam Noblejas, redactora de Informativos TVE; María Pardo de Satayana, directora de la revista Marie Claire; Alfonso Rodríguez, director de la agencia COLPISA; Javier Fernández Arribas, director del estudio 'Cómo informar sobre la violencia contra la mujer', y José San Martín, catedrático de Filosofía de la Ciencia en el Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Valencia) piensen que tu trabajo merece un premio te hace pensar que, igual, no lo estás haciendo tan mal.

Es un premio a un trabajo (una serie de reportajes sobre la violencia machista) pero también a una manera de entender el periodismo, un periodismo de libreta y bolígrafo, de sentarse a hablar con la gente mirándola a los ojos, y con calma. Dejando de tomar notas cuando lo que te cuentan sabes que no debes contarlo. Dando un abrazo o haciendo una broma cuando quien te está abriendo su vida lo necesita. Ese periodismo que algunos se empeñan en decir que está muerto.

«Mariana Carmen, estrangulada. Silvia, apuñalada. Isabel Laureana, más de 30 puñaladas. Lucinda, tiroteada. María, degollada. Lisa Jane, estrangulada con el cargador de un teléfono. Ascensión, a golpes. Ana, de un tiro delante de sus hijos. Igual que Cristina. Soraya, a tiros. Yolanda, decenas de heridas por arma blanca. Rosario, a martillazos. Marina Candelaria, estrangulada. Lucía, apuñalada. Y así hasta más de veinte mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en lo que va de año en España. 

Más de veinte mujeres asesinadas y quién sabe cuántas en riesgo diariode engrosar  esta terrible lista. Mujeres que viven cada día con miedo a un golpe, a una paliza, a un grito, a una palabra, al desprecio constante. Más de veinte mujeres asesinadas y miles que no pueden vivir y que, aisladas por sus verdugos, no encuentran el camino para salir de ese infierno. 
Mujeres a las que la sociedad no puede dejar abandonadas a su suerte. Ni las administraciones ni los políticos ni los cuerpos de seguridad ni los profesionales ni, mucho menos, los medios de comunicación. 

Los periodistas debemos asumir el compromiso de denunciar la falta de recursos para que salgan de esa situación, sacar los colores a las administraciones que no las protejan ni las ayuden, ponerles nombre para que no sean una más, destacar el trabajo de los profesionales que cada día luchan para acabar con esta lacra.

También es nuestra labor indicarles los posibles caminos, darles voz, mostrarles que no están solas y que de ese infierno, con medios y tolerancia cero con la violencia machista, se sale. Con más medios y tolerancia cero. Si no es así, la lista seguirá creciendo. Asesinada tras asesinada.

Las queremos vivas. 
Nos queremos vivas.»



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